La disciplina escolar y los Lineamientos del MINEDU: documento de análisis
Este es el documento de análisis que remití al Ministerio de Educación el 23 de octubre de 2026 como anexo a mis comentarios sobre el proyecto de Decreto Supremo «Lineamientos para la gestión de la disciplina escolar en la Educación Básica» (RM 613-2026-MINEDU), en consulta pública hasta el 28 de octubre de 2026. Reúne el marco teórico y comparado en el que se apoyan mis observaciones. Las fuentes están al final de cada capítulo; cuando algo es lectura o inferencia mía, lo indico. Es un documento en revisión y recibo comentarios.
La disciplina escolar y los Lineamientos del MINEDU
· @LUIS BRETEL · Documento de análisis. Anexo a los comentarios al proyecto de Lineamientos (RM 613-2026-MINEDU)
Presentación
Este documento de trabajo acompaña los comentarios del autor al proyecto de Lineamientos para la gestión de la disciplina escolar en la Educación Básica (RM 613-2026-MINEDU), publicado en consulta el 13 de octubre de 2026. Reúne el marco teórico y comparado en el que se apoyan esos comentarios: control y convivencia, desarrollo moral, neurociencia de la adolescencia, otras latitudes, autoridad democrática y formación en valores.
Es un documento de análisis, sujeto a revisión. Las afirmaciones remiten a las fuentes citadas al final de cada capítulo; cuando una fuente es secundaria, o una idea es lectura o inferencia del autor, el texto lo dice. Las normas peruanas, la legislación finlandesa, la Guía japonesa de 2022 y la Ley 1620 de Colombia se cotejaron con sus textos. Las lecturas e inferencias del autor se distinguen de lo que dicen las fuentes.
Contenido. Cap. 1: Entre el control y la convivencia. Cap. 2: La disciplina y el desarrollo moral (Kohlberg). Cap. 3: Lo que la neurociencia permite decir sobre la adolescencia y la ética. Cap. 4: Otras latitudes (Finlandia, Japón y Colombia). Cap. 5: La autoridad democrática (Gustavo Espinosa Moncloa). Cap. 6: Los valores que queremos (Constitución y derechos humanos). Cap. 7: Cómo se forman los valores y quién tiene la tarea de enseñarlos.
Capítulo 1. Entre el control y la convivencia
La disciplina escolar suele abordarse superficialmente: como un problema de obediencia individual, de sanciones reactivas o de fallas en la gestión del aula. Pero cuando estallan hechos que escandalizan a la opinión pública, como la denuncia de una grave agresión sexual contra un estudiante dentro de un bus escolar del Liceo Naval Almirante Guise, en septiembre de 2026, hoy en investigación, queda a la vista que no se trata de anécdotas aisladas, sino de síntomas de un problema más profundo de convivencia. Este capítulo recorre tres miradas. Primero, las condiciones pedagógicas del orden en el aula, a partir del acuerdo funcional que propone Penny Ur. Segundo, el control social y sus riesgos, según el análisis sociológico de David Ramey. Tercero, la justicia restaurativa, que busca reconstruir los vínculos sin quedarse en el castigo.
La disciplina como acuerdo funcional: Penny Ur
Penny Ur (1996) define la disciplina escolar no como castigo ni control autoritario, sino como un estado en el cual profesores y alumnos aceptan conscientemente reglas de comportamiento cuya función principal es facilitar una enseñanza y un aprendizaje eficientes. Su propuesta se apoya en cuatro ideas:
Un orden continuo y una atmósfera de trabajo. La disciplina no es una reacción tardía ante la mala conducta, como gritar o sancionar, sino un diseño de la clase que mantiene a los alumnos enfocados y reduce las interrupciones.
Aceptación consciente y liderazgo democrático. El orden no se impone por miedo: cuando los estudiantes entienden el propósito de una regla, la hacen suya. El docente explica, negocia y modela las normas.
Expectativas explícitas y claras. La ambigüedad genera desorden. Las normas deben ser pocas y fáciles de recordar, formuladas en positivo y aplicadas con coherencia, sin depender del humor del profesor.
La disciplina como medio, no como fin. El objetivo no es el silencio por sí mismo, sino aprovechar el tiempo de clase para que la enseñanza sea fluida y significativa.
Cuando ese acuerdo se rompe, Ur (1996) sostiene que el docente debe intervenir con rapidez pero sin perder la calma, con pautas concretas de manejo de grupo que restablezcan el orden sin caer en el autoritarismo.
El control social y sus riesgos: David Ramey
La mirada de Ur se sitúa en el aula. David Ramey (2015) examina la disciplina escolar desde otra escala: la de las escuelas y los distritos como instituciones. Con datos de más de 60 000 escuelas de Estados Unidos, distingue dos formas de responder a la conducta problemática. La disciplina criminalizada incluye suspensiones, expulsiones, derivaciones a la policía y arrestos. La disciplina medicalizada recurre a planes de atención por razones de conducta. Su hallazgo central es que las escuelas y distritos con más población de minorías raciales y de bajos ingresos tienden a usar más la disciplina criminalizada y menos la medicalizada.
La advertencia de Ramey es doble. Primero, que el tipo de respuesta disciplinaria depende, en parte, de la composición social de la escuela y no solo de la conducta de los estudiantes. Segundo, que las medidas de exclusión pueden reproducir desigualdades. Son datos de Estados Unidos y no deben trasladarse mecánicamente al Perú, pero plantean una pregunta pertinente para cualquier sistema: quién recibe sanciones de exclusión y quién recibe apoyo. En un trabajo posterior, Ramey (2018) siguió durante 25 años a niños de 5 a 14 años en un estudio longitudinal y encontró que los niños negros tenían mayores probabilidades de ser castigados que los blancos.
La escuela, además, no es una isla. Pretender una convivencia escolar ideal en un entorno social con fuertes tensiones éticas es poco realista. La violencia entre adolescentes en espacios públicos refleja, en parte, problemas más amplios, y por eso el control institucional necesita acompañarse de formación en valores y de participación democrática.
Las perspectivas de Ur y Ramey son complementarias. La primera optimiza la convivencia cotidiana mediante acuerdos de aula y prevención participativa. La segunda recuerda que los marcos disciplinarios formales tienen efectos sociales que conviene vigilar.
Hacia una justicia restaurativa
Frente a los límites de las respuestas puramente punitivas, la justicia restaurativa propone otro punto de partida. La justicia restaurativa entiende el conflicto como un daño a las personas y a las relaciones, y no solo como la ruptura de una regla. En la escuela esto supone cuatro cambios:
El foco en el daño y las necesidades. Pasar de preguntar «qué regla se rompió y qué castigo merece» a preguntar «quién resultó dañado, qué necesita y cómo se rompió la confianza».
La responsabilidad activa. El estudiante comprende el efecto de sus actos sobre los demás y asume el proceso de reparación, sin disculpas forzadas bajo amenaza.
La participación y el diálogo. Los afectados (víctimas, responsables y comunidad escolar) construyen el acuerdo en conjunto, en lugar de delegar la solución a una oficina directiva.
La restauración del vínculo por encima de la exclusión. El objetivo no es apartar al estudiante incómodo, lo que suele trasladar el problema fuera de la escuela, sino reparar el daño para que la convivencia sea sostenible.
Reconstruir el orden en el aula exige superar la falsa disyuntiva entre la imposición autoritaria y la ausencia de reglas. La disciplina y la justicia restaurativa son, en esencia, ejercicios de formación ética. Esa es la base sobre la que se construye el siguiente paso: cómo se desarrolla la conciencia moral.
Referencias del capítulo
Ramey, D. M. (2015). The social structure of criminalized and medicalized school discipline. Sociology of Education, 88(3), 181–201.
Ramey, D. M. (2018). The social construction of child social control via criminalization and medicalization: Why race matters. Sociological Forum, 33(1), 139–164.
Ur, P. (1996). A course in language teaching: Practice and theory. Cambridge University Press.
ICBF (Colombia). (18 de julio de 2022). La justicia restaurativa, un enfoque para fortalecer la convivencia en el entorno educativo. Mis manos te enseñan. https://www.icbf.gov.co/mis-manos-te-ensenan/la-justicia-restaurativa-un-enfoque-para-fortalecer-la-convivencia-en-el (consultada el 23 de octubre de 2026).
Capítulo 2. La disciplina y el desarrollo moral: Kohlberg
La forma que toma la disciplina en una escuela guarda relación con las actitudes que promueve y con los valores que espera instalar. Por eso no basta mirar el resultado aparente de una norma, como un aula en silencio o un patio ordenado. Importa también qué tipo de razonamiento moral está estimulando en los estudiantes. Para pensar esa pregunta, este capítulo recurre a la teoría del desarrollo moral de Lawrence Kohlberg.
Los niveles y etapas de Kohlberg
Kohlberg, psicólogo estadounidense, partió del trabajo de Jean Piaget para estudiar cómo cambia, desde la infancia hasta la adultez, la manera de razonar sobre la justicia, la ética y las normas. Distinguió tres niveles, cada uno con dos etapas.
Nivel 1. Moral preconvencional (el foco está en uno mismo). Las acciones se juzgan por sus consecuencias directas. Es el razonamiento típico de la infancia, aunque puede aparecer a cualquier edad.
Etapa 1. Obediencia y castigo. Las reglas se respetan para evitar el castigo o la reprimenda.
Etapa 2. Interés propio e intercambio. Lo correcto es lo que satisface las propias necesidades. Se entiende el intercambio justo («hoy por ti, mañana por mí»), pero por beneficio personal.
Nivel 2. Moral convencional (el foco está en la sociedad). La persona comprende las expectativas sociales, las leyes y las normas. Es el nivel en el que, según Kohlberg, se ubica la mayoría de los adolescentes y adultos.
Etapa 3. Buenas relaciones interpersonales. Se busca la aprobación de los demás, encajar en el grupo y ser visto como alguien bueno y leal.
Etapa 4. Mantenimiento del orden social. Se cumple el deber, se respeta la autoridad y se sostiene el orden establecido, porque si todos incumplieran la ley cuando quisieran, la sociedad no funcionaría.
Nivel 3. Moral postconvencional (el foco está en principios). La moral se apoya en principios que pueden ir más allá de las leyes de una sociedad concreta. Según Kohlberg, pocas personas llegan a este nivel de manera constante.
Etapa 5. Contrato social y derechos individuales. Las leyes son pactos para el bien común, pero no son absolutas: si una ley no protege derechos fundamentales, debe discutirse y cambiarse por vías democráticas.
Etapa 6. Principios éticos universales. La persona se guía por principios internos de justicia, igualdad y dignidad humana, incluso si eso implica ir contra la ley.
Qué implica para la disciplina escolar
Para Kohlberg, el paso de una etapa a otra no es automático. Sus trabajos plantearon que el razonamiento moral se estimula cuando las personas discuten dilemas reales, se ponen en el lugar de otros y participan en decisiones sobre las normas que las rigen. De ahí su propuesta de las «comunidades justas» en escuelas, donde estudiantes y docentes deciden juntos sus reglas.
De esto se desprende una hipótesis para el debate, no un resultado comprobado en el Perú: un sistema disciplinario que se limita a clasificar faltas, calificar la conducta y sancionar apela sobre todo a la etapa 1, la del miedo al castigo. En cambio, uno que explica el sentido de las normas, las discute con los estudiantes y los hace partícipes de la reparación del daño apela a razonamientos más complejos. La pregunta que deja este capítulo es qué etapa de razonamiento quiere cultivar la escuela con sus normas.
Alcances y límites
La teoría de Kohlberg ha recibido críticas. Carol Gilligan sostuvo que su modelo privilegia una ética de la justicia y subvalora una ética del cuidado, y se ha discutido su validez en otras culturas. Se usa aquí como marco para formular preguntas sobre la disciplina, no como regla para clasificar a personas ni a escuelas.
Referencias del capítulo
Kohlberg, L. (1981). Essays on moral development, Vol. 1: The philosophy of moral development: Moral stages and the idea of justice. San Francisco: Harper & Row.
Kohlberg, L. (1984). Essays on moral development, Vol. 2: The psychology of moral development: The nature and validity of moral stages. San Francisco: Harper & Row.
Gilligan, C. (1982). In a different voice: Psychological theory and women's development. Harvard University Press.
Capítulo 3. Lo que las neurociencias permiten decir sobre la adolescencia y la ética
Cuando un hecho de violencia entre adolescentes ocupa la prensa, circulan explicaciones basadas en el sentido común: falta de valores, falta de mano dura, mala crianza. Este capítulo no analiza ningún caso particular. Se limita a lo que las neurociencias del desarrollo permiten afirmar con cautela sobre la edad escolar y sobre cómo se forma la conducta ética, y a las preguntas que eso abre para la disciplina.
La moral como conducta social
Patricia Churchland (2011) plantea, como hipótesis predominante, que lo que llamamos ética o moralidad es una estructura de conducta social con cuatro dimensiones, apoyadas en procesos cerebrales. La primera es el cuidado de los demás, enraizado en el apego a la familia. La segunda es el reconocimiento de los estados psicológicos ajenos, útil para predecir su conducta. La tercera es la resolución de problemas sociales, como repartir bienes escasos, resolver disputas o decidir qué hacer con quienes se aprovechan de otros. La cuarta es el aprendizaje de prácticas sociales, por refuerzo, imitación, ensayo y error y analogía.
Si esta hipótesis es correcta, la conducta moral se aprende en la convivencia y no se instala por decreto. Para la escuela, la consecuencia razonable, que es una inferencia de este documento y no un hallazgo de la autora, es que importa lo que la institución modela con sus propias prácticas, además de lo que declara.
Un cerebro adolescente en desarrollo
Durante la adolescencia el cerebro cambia de manera desigual. Las regiones asociadas con la emoción y la recompensa maduran antes que la corteza prefrontal, la zona vinculada con la planificación, el control de impulsos y la estimación de riesgos. Según Churchland (2011, p. 162), la corteza prefrontal va a la zaga del resto de zonas corticales y algunos de sus estadios de desarrollo no maduran hasta la edad adulta, lo cual parece coherente con la apreciación común de que los adolescentes todavía no son del todo maduros en su conducta social y su capacidad de autocontrol. Instituciones de salud como el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH) describen el mismo proceso: según una hoja informativa del NIMH, el cerebro termina de desarrollarse y madurar entre los 25 y los 30 años, y la corteza prefrontal es una de las últimas partes en madurar (NIMH, 2023).
Esto puede resumirse en tres dimensiones de la conducta moral en las que la corteza prefrontal interviene:
Cognición social. Leer el comportamiento ajeno y ponerse en el lugar del otro. En la adolescencia sigue en desarrollo y el peso de la opinión de los pares es muy alto.
Juicio y razonamiento. Evaluar el efecto de las propias acciones a largo plazo. Puede verse limitado por la tendencia a centrarse en el presente.
Inhibición de conductas. Frenar impulsos en favor de normas comunitarias. Puede fallar con más facilidad ante la recompensa inmediata y la presión social.
Lo que esto no significa
Madurez parcial no equivale a falta de responsabilidad. El hallazgo sostiene que el autocontrol se está formando, no que los adolescentes no respondan por sus actos. Tampoco explica por sí solo ninguna conducta individual: es una asociación general entre la edad y el desarrollo cerebral, y no permite diagnosticar a personas concretas ni juzgar hechos particulares.
Frances Jensen, neurocientífica especializada en el cerebro adolescente, advierte en esa misma línea que lo habitual es que los jóvenes dejen atrás las conductas antisociales cuando la impetuosidad propia de la edad va cediendo con la madurez, y que la conducta delictiva adolescente suele ser consecuencia de la experimentación con conductas de riesgo más que de una deficiencia moral (Jensen y Nutt, p. 289 en la edición Kindle en español). Es una observación general, no una regla para casos concretos.
Sarah-Jayne Blakemore, neurocientífica que estudia el cerebro adolescente, subraya que el cerebro sigue cambiando hasta bien entrada la edad adulta, algo que no se pensaba hasta fines del siglo XX, y advierte contra demonizar la adolescencia: el cerebro adolescente no es un cerebro adulto defectuoso, sino uno en formación, con vías neurales todavía maleables (Blakemore, pp. 14-15). Reseña, además, un estudio dirigido por Laurence Steinberg con más de cinco mil jóvenes de 10 a 30 años en once países: la búsqueda de sensaciones aumenta hasta el final de la adolescencia, con un máximo hacia los 19 años, y luego desciende, mientras que la autorregulación sigue creciendo hasta cerca de los 25 años y después se estabiliza. Las trayectorias no eran idénticas entre culturas, pero sí semejantes (Blakemore, pp. 10-11). Y apunta, con cautela, que el patrón de actividad cerebral asociado a la autorreflexión cambia entre la adolescencia y la adultez: una explicación posible es que el adolescente piense en sí mismo de manera más consciente y esforzada, y el adulto de manera más automática (Blakemore, p. 38). (Páginas de la edición digital.)
Posición del autor. El desarrollo de las capacidades cognitivas no es automático: requiere entrenamiento y se forma gradualmente desde la niñez. Por eso niños y adolescentes necesitan espacios y oportunidades para reflexionar sobre las normas, las actitudes y los valores. Así leo la imagen de Jensen de «prestar» la corteza prefrontal a los adolescentes: no se trata de pensar por ellos, sino de ayudarles a recordar que es necesario detenerse a pensar. El autor recoge, para ello, una secuencia de preguntas de uso común en la práctica reflexiva, que no atribuye a una fuente específica, aunque recuerda, ampliada, al método ver-juzgar-actuar que Joseph Cardijn creó para la Juventud Obrera Católica (Ortiz Lozada, 2006, p. 315): qué ocurrió, qué se deseaba que ocurriera, qué debió ocurrir, por qué no ocurrió y qué hacer para que ocurra pronto.
Una inferencia del autor. Si la reflexión sobre uno mismo es en la adolescencia más consciente y esforzada, como sugiere Blakemore con cautela, y si en el Perú la secundaria termina hacia los 16 o 17 años, todo el alumnado está en esa etapa y los únicos adultos de la escuela son los docentes y el personal. De ahí se desprende una hipótesis para el debate, no un resultado comprobado: la autorregulación que los Lineamientos dicen buscar requiere espacios explícitos de reflexión sobre la conducta, y no basta con la clasificación de faltas y las sanciones.
Implicaciones para la disciplina escolar
Si el autocontrol y la cognición social se están formando durante la edad escolar, la escuela no es un espectador: es uno de los lugares donde esa formación ocurre. De ahí se desprende un argumento, que corresponde a este documento y no a las autoras citadas: una respuesta disciplinaria que solo sanciona aprovecha poco la capacidad de aprendizaje de esta etapa, mientras que una respuesta formativa la aprovecha mejor.
La literatura de neuroeducación suele proponer, como vías formativas, el trabajo con dilemas morales reales y proyectos de aprendizaje-servicio, la empatía guiada para comprender el efecto de los actos en terceros, entornos seguros y sin estrés crónico, y el acompañamiento adulto que ayude a evaluar riesgos y a internalizar límites sin anular la autonomía. Son orientaciones frecuentes en esa literatura; este documento no las presenta como evidencia de resultados. Estas vías coinciden con lo que la justicia restaurativa y la teoría de Kohlberg plantean desde otros marcos.
Referencias del capítulo
Churchland, P. S. (2011). Braintrust: What neuroscience tells us about morality. Princeton University Press. Edición en español: El cerebro moral (trad. Carme Font Paz. Barcelona: Paidós, colección Contextos, 2012; ISBN 978-84-493-2728-5, epub); pp. 13 y 162 de la edición electrónica (primera edición en epub, mayo de 2012).
Jensen, F. E. y Nutt, A. E. (2015). The teenage brain: A neuroscientist's survival guide to raising adolescents and young adults. Harper. Edición en español: El cerebro adolescente (trad. Roc Filella. Barcelona: RBA Libros, 2015; ISBN 978-84-9056-570-4, edición digital); p. 289 de la edición digital.
Blakemore, S.-J. (2018). La invención de uno mismo: La vida secreta del cerebro adolescente. Trad. Joan Soler Chic. Barcelona: Ariel (Editorial Planeta), primera edición en libro electrónico, noviembre de 2018; ISBN 978-84-344-2956-7 (epub). Título original: Inventing Ourselves (2017). Páginas citadas de la edición digital.
Ortiz Lozada, L. (2006). La importancia del método en el Concilio y en el Magisterio Episcopal Latinoamericano. Medellín, 32(126), 313–331.
National Institute of Mental Health (NIMH). (2023). El cerebro de los adolescentes: 7 cosas que usted debe saber (Publicación de NIH N.º 23-MH-8078S, revisada en 2023). https://www.nimh.nih.gov
Capítulo 4. Otras latitudes: Finlandia, Japón y Colombia
Este capítulo no propone un ranking ni un modelo para copiar. Los contextos de Finlandia, Japón y Colombia son distintos del peruano. Lo que se busca es más modesto: ver cómo tres sistemas educativos con normativa pública organizan las medidas disciplinarias y la participación de la comunidad escolar, y qué preguntas dejan para el debate del proyecto del MINEDU.
Finlandia: medidas limitadas, procedimiento y cuidado del estudiante
La Ley 245/2025, que modificó la Ley de Educación Básica de Finlandia (628/1998) y entró en vigor el 1 de agosto de 2025, regula la disciplina escolar con un catálogo cerrado de medidas y reglas de procedimiento (arts. 36 a 36 c). Según el texto oficial, en síntesis:
Medidas. Tareas supervisadas después de la jornada por incumplimiento de tareas (hasta una hora por vez); retención o jälki-istunto (hasta dos horas) o amonestación escrita por perturbar la enseñanza, quebrantar el orden escolar o actuar con deshonestidad; y, ante una falta grave o conducta que persiste, expulsión temporal de hasta tres meses. Finlandia, por tanto, sí prevé una forma de exclusión, pero acotada en su duración.
Finalidad y límites. Las tareas de retención deben apoyar la crianza, el aprendizaje y el desarrollo, ser proporcionales a la falta y adecuadas a la edad, y no pueden hacer que el estudiante pierda enseñanza programada.
Procedimiento (art. 36 a). Antes de cualquier medida debe aclararse la conducta, escuchar al estudiante y recoger la información necesaria, considerando la naturaleza del acto y la edad y el desarrollo del alumno. Antes de una amonestación escrita o de una expulsión temporal, el apoderado debe tener oportunidad de ser oído; en las demás medidas se le informa. La amonestación escrita y la expulsión requieren que se dicte una decisión formal (päätös); las demás medidas deben quedar registradas.
Retiro del aula y negación de la enseñanza (arts. 36 b y 36 c). Se puede ordenar a un estudiante que perturba la clase que salga del aula por el resto de la sesión. Se puede negar la asistencia por el resto de la jornada si la conducta violenta o amenazante pone en riesgo la seguridad de otros. Durante esa negación, el estudiante debe poder conversar en privado con un psicólogo o consejero escolar, recibir el apoyo necesario y contar con un plan para su regreso. No se pueden usar instrumentos de fuerza para retirarlo, y las medidas deben registrarse.
Además, la Ley 624/2025, vigente desde el 1 de enero de 2026, establece un plazo de 14 días para apelar una amonestación escrita o una expulsión temporal, y excluye la apelación contra la retención, el retiro del aula y la negación de la enseñanza.
En otro frente, la modificación de 2025 prohibió el uso de celulares durante las lecciones, salvo con permiso para fines de aprendizaje o salud. Según la Agencia Nacional de Educación (OPH), las reglas de uso y custodia fuera de clase deben incorporarse al reglamento de orden de cada escuela, que se actualiza con el personal, los estudiantes y los apoderados.
Japón: las normas escolares como objeto de revisión participativa
En Japón, el Ministerio de Educación (MEXT) revisó en 2022 su Guía de orientación estudiantil (Seito shidō teiyo). Según el texto de la Guía (sección 3.6.1, sobre la operación y la revisión de las normas escolares, pp. 101 a 103), las normas se establecen bajo la autoridad del director para alcanzar fines educativos y deben revisarse de manera continua según las condiciones locales y el cambio social. El resumen señala, además, que hacer participar a los estudiantes en esa revisión tiene valor educativo: les ayuda a entender por qué existen las normas, a cumplirlas de buena gana y a examinar sus razones y efectos. También recomienda publicar las normas en el sitio web de la escuela, junto con el procedimiento de elaboración y modificación. Entre los ejemplos recogidos figura el de aulas que discuten la revisión de las normas.
Conviene no exagerar este punto. Lo que la Guía respalda es que la participación estudiantil se recomienda en la revisión de las normas bajo la autoridad del director. La Guía añade que conviene escuchar a estudiantes y apoderados también al fijar las normas y que la revisión incluya espacios como el consejo estudiantil y la asociación de padres, pero deja claro que la decisión final es del director. No respalda, pues, que en Japón los estudiantes decidan las normas. Sobre las medidas disciplinarias (sección 3.6.2), la Guía pide que se ejerzan con consideración educativa, escuchando al estudiante y comprobando los hechos mediante un procedimiento adecuado. Reconoce que la ley no regula ese procedimiento y pide a cada escuela aclarar de antemano sus criterios y comunicarlos a estudiantes y familias. Este capítulo no profundiza en esa parte.
Colombia: una política de convivencia con ruta de atención y debido proceso
Colombia ofrece un contraste cercano, dentro de América Latina. Según el análisis documental de Benitéz Moreno (2020), el marco colombiano se construyó en etapas. Esta sección resume ese artículo, que es una fuente secundaria: la Ley 1620 se cotejó con su texto, mientras que el Decreto 1965 y las sentencias se citan a través de él.
Manual de convivencia. La Ley 115 de 1994 exige a cada institución un manual que defina derechos y obligaciones de los estudiantes y las situaciones que afectan la convivencia. El artículo 17 del Decreto 1860 de 1994 precisa su contenido, que incluye normas de conducta, procedimientos para resolver los conflictos «con oportunidad y justicia» y la presentación personal, entre otros.
Jurisprudencia constitucional. Según el artículo, la Corte Constitucional fue la que impulsó los límites a esos manuales. La sentencia T-386 de 1994 dijo que no pueden regular aspectos que afecten derechos fundamentales de los estudiantes. Varias sentencias (SU-642/1998, T-688/2005, T-345/2008, T-356/2013) protegen el libre desarrollo de la personalidad. La T-435 de 2002 precisó los elementos del debido proceso disciplinario: comunicación formal de la apertura del proceso, formulación de cargos, traslado de las pruebas, un plazo para presentar descargos, un pronunciamiento definitivo y la posibilidad de controvertir la decisión. La jurisprudencia citada sugiere, además, considerar la edad y la madurez del estudiante, el contexto de la falta, sus condiciones personales y familiares, si hubo medidas preventivas y el efecto de la sanción sobre su futuro educativo.
Ley 1620 de 2013 y Decreto 1965 de 2013. Crean Comités de Convivencia Escolar (nacional, municipal y de cada escuela) y una ruta de atención integral con cuatro componentes: promoción, prevención, atención y seguimiento. El texto de la ley (art. 21) pide que los manuales identifiquen formas alternativas de «aprender del error», respetar la diversidad y dirimir los conflictos de manera pacífica; que se construyan, evalúen y ajusten con la participación activa de estudiantes y padres de familia; que el educador tenga un rol de orientador y mediador; y que los estudiantes tengan un rol activo en definir las acciones ante estas situaciones. El comité escolar de convivencia incluye al personero estudiantil y al presidente del consejo de estudiantes (art. 12), y en los espacios de conciliación el estudiante puede estar acompañado por su padre, madre, acudiente o un compañero (art. 13, numeral 4). La familia debe participar en la revisión del manual y responder cuando su hijo incumple las normas (art. 22, numerales 4 y 6). El decreto distingue tres tipos de situaciones, cada una con su propia ruta: conflictos manejados inadecuadamente (reunir a las partes, buscar una solución imparcial orientada a reparar el daño y hacer seguimiento); acoso escolar (atención en salud, medidas de protección, informar a los padres y espacios para que las partes expongan los hechos); y situaciones que pueden constituir delito (atención, informar a los padres, dar aviso a la policía y proteger a la víctima).
El autor también es crítico. Según los estudios que cita, en la mayoría de las instituciones la ley no habría pasado de un ejercicio formal. Desde su experiencia como orientador escolar, observa que en la práctica se prioriza la atención y el seguimiento sobre la promoción y la prevención, y que se sigue usando el método de sanción con debido proceso después de un diálogo y de compromisos firmados. Lo vincula con las condiciones de trabajo (la relación de docentes y orientadores por número de estudiantes) y con la falta de recursos financieros y de personal para cumplir las normas, y concluye que los avances jurídicos son insuficientes si no se atiende la situación socioeconómica y de seguridad de los estudiantes y sus familias.
Para el debate peruano, y como inferencias de este documento, el caso colombiano sugiere tres cosas: que la lista de garantías del debido proceso puede fijarse con precisión; que distinguir tipos de situaciones con rutas distintas ayuda a no tratar igual un conflicto, un acoso y un delito; y que una norma sin recursos corre el riesgo de quedarse en lo formal.
Qué preguntas dejan para el debate peruano
Estas son inferencias de este documento y no afirmaciones de las fuentes:
Catálogo y límites. ¿Puede el proyecto fijar, como hace la ley finlandesa, la duración máxima y la finalidad educativa de cada medida?
Escuchar antes de sancionar. En Finlandia se escucha al estudiante antes de cualquier medida y se da oportunidad de ser oído al apoderado antes de las más graves. ¿Qué equivalente existe en el procedimiento peruano?
Decisión formal y posibilidad de impugnar. La amonestación escrita y la expulsión temporal requieren una decisión formal y admiten apelación en plazo breve.
Apoyo junto con la medida. Cuando se niega la enseñanza por razones de seguridad, hay conversación con un profesional y un plan de regreso.
Normas revisadas con participación y publicadas. Ambos países piden que las reglas se escriban y revisen con la comunidad escolar (Finlandia con personal, estudiantes y apoderados; Japón con valor educativo en la participación estudiantil) y que sean públicas.
Estos puntos se vinculan con las observaciones del Anexo II sobre participación de estudiantes y familias en las normas y en las respuestas a las faltas.
Referencias del capítulo
Finlandia. Laki perusopetuslain muuttamisesta 245/2025 (Suomen säädöskokoelma, publicada el 26 de mayo de 2025; en vigor el 1 de agosto de 2025). Texto oficial en finlandés; las secciones citadas en este capítulo (§ 36 a 36c) se cotejaron con el texto original en finlandés (Finlex). [No se localizó una traducción oficial al inglés.]
Finlandia. Laki perusopetuslain muuttamisesta 624/2025 (publicada el 11 de julio de 2025; en vigor el 1 de enero de 2026). Por cotejar los arts. 42 b y 42 d.
Opetushallitus (OPH). Perusopetuslaki muuttuu: koulujen tulee huomioida puhelimien käyttö ja säilytys järjestyssäännöissään. 30 de abril de 2025.
Japón. MEXT, Seito shidō teiyo no kaitei (Revisión de la Guía de orientación estudiantil), página resumen; y Seito shidō teiyō (edición revisada, diciembre de 2022), cap. 3, secciones 3.6.1 y 3.6.2, pp. 101 a 105. [Cotejado con el texto completo de la Guía.]
Colombia. Benítez Moreno, F. J. (2020). Las políticas de convivencia escolar colombianas en el contexto de América Latina. Revista Historia de la Educación Colombiana, 24(24), 45–75. https://doi.org/10.22267/rhec.202424.72. Fuente secundaria. La Ley 1620 de 2013 (15 de marzo) se cotejó en la versión informativa de la Función Pública actualizada a 2025; la Ley 115 de 1994, el Decreto 1860 de 1994, el Decreto 1965 de 2013 y las sentencias se citan a través de Benítez Moreno (2020), sin verificar su vigencia actual.
Capítulo 5. La autoridad democrática: Gustavo Espinosa Moncloa
La relectura de su texto Los que mandan y los que obedecen (1993), a raíz del debate sobre los Lineamientos del MINEDU, muestra que muchas de sus preguntas siguen vigentes: ¿cómo democratizar la autoridad en la escuela y cómo desarrollar una disciplina que forme ciudadanos con enfoque de derechos? Las ideas de Espinosa que siguen son la lectura del autor de este documento; no se citan páginas.
Tres ideas centrales
De la obediencia ciega a la autonomía. Una disciplina basada en el miedo al castigo o a la expulsión tiende a producir estudiantes sumisos, que obedecen por temor, o rebeldes, que desafían la norma por resentimiento. La disciplina democrática busca que el estudiante entienda el sentido de la norma y logre autorregularse. Esa intención aparece, además, en el propio glosario del proyecto del MINEDU, que define la disciplina escolar como un proceso formativo orientado a promover «la interiorización de valores, el respeto a las personas, el cumplimiento de las normas y la autorregulación progresiva de la conducta de los estudiantes». (Proyecto de Lineamientos, numeral 5.6.) La pregunta es si el resto del articulado es coherente con esa definición.
Construcción participativa de las normas. Frente a reglamentos verticales impuestos por el director o por el Ministerio, se propone que las normas de convivencia se elaboren con la participación de docentes y estudiantes. Quien participa en crear una regla comprende su sentido y es más probable que se comprometa con ella.
Resolución restaurativa del conflicto. En lugar de una sanción que aísla o expulsa, se prioriza la reparación del daño: el estudiante comprende a quién afectó y asume una acción concreta para restaurar la convivencia. Si falta esa comprensión, la sanción puede vivirse como venganza y no como una respuesta justa.
Autoridad que se gana
En esta mirada, la autoridad no se obtiene por el cargo ni se impone mediante el miedo. Se construye con coherencia moral y testimonio democrático. Cinco rasgos la sostienen:
Coherencia entre el decir y el hacer. El docente practica las normas y valores que exige.
Normas elaboradas con los estudiantes, y no decretos verticales que se acatan sin entender.
Prestigio antes que poder. La autoridad democrática se apoya en la valoración, la cercanía y el reconocimiento de la dignidad del otro (auctoritas), no en el castigo y la distancia (potestas).
Trato equitativo, sin privilegios.
Corrección sin humillación. Se guía al estudiante para que asuma las consecuencias de sus actos de manera consciente y crítica.
Una ilustración práctica: el círculo de diálogo restaurativo
Como ejemplo, ante un enfrentamiento verbal entre dos estudiantes, el docente actúa como mediador y no como juez, en cuatro pasos:
Contención inicial. Separa el conflicto del momento pedagógico sin humillar, con un tono firme y calmado, y propone resolverlo en el receso.
Preguntas reflexivas, en privado o en grupo pequeño: qué pasó desde tu perspectiva, en qué pensabas, quiénes resultaron afectados y cómo, qué se necesita para reparar el daño y evitar que se repita.
Acuerdo colectivo de reparación. La solución no la impone el docente: la proponen y la firman los involucrados.
Validación en el acuerdo de convivencia. El docente recuerda las normas que el propio grupo construyó, de modo que custodia un pacto compartido y no una ley propia.
El acoso escolar es distinto
El acoso no es un conflicto entre iguales: hay una asimetría de poder y una vulneración sistemática de la dignidad y seguridad de un estudiante. Por eso no se media entre víctima y agresor, sino que se interviene de manera firme y protectora:
Protección inmediata de la víctima. Escucharla en privado, sin juzgarla, y asegurar que se sienta segura en la escuela.
Entrevistas por separado. Nunca se confronta al agresor con la víctima en el mismo espacio, porque eso puede revictimizarla. Con quien ejerce el acoso se actúa con firmeza, conforme a las normas del colegio, y se indaga el origen de su conducta.
Grupo de apoyo con los espectadores. El acoso se sostiene con un público que calla o se ríe. Se convoca de forma confidencial a estudiantes líderes y empáticos para que incluyan al compañero afectado e intervengan o avisen si lo molestan.
Consecuencias lógicas y reparadoras. Se prefiere la responsabilización a la expulsión automática, que suele trasladar el problema a otra escuela sin cambiar la conducta. La reparación debe consultarse con la víctima y evitar toda exposición humillante de quien acosó.
Alcances y precauciones
Estas estrategias son propuestas pedagógicas y no sustituyen los protocolos legales. En los casos de acoso, las escuelas peruanas deben aplicar los procedimientos de la Ley 29719 y su Reglamento (D.S. 010-2012-ED), incluido el registro de los casos. Tampoco hay en este capítulo evidencia de resultados de su aplicación: se presentan como una vía coherente con la visión de autoridad democrática de Espinosa.
Una crítica publicada durante la consulta pública (Muñoz Guevara, 2026) sostiene que los Lineamientos confunden disciplina con control y que omiten, como ejes, la tutoría, los psicólogos y las prácticas restaurativas. Es un artículo de opinión y se cita aquí como una voz que coincide con la lectura de este capítulo, no como fuente de los estudios que menciona.
Referencias del capítulo
Espinosa Moncloa, G. (1993). Los que mandan y los que obedecen. Planteamientos sobre el papel de la autoridad y de la disciplina escolar dentro de una educación en derechos humanos. Instituto Peruano de Educación en Derechos Humanos y la Paz (IPEDEHP), 1.ª edición, julio de 1993, 151 pp. Las ideas se presentan como lectura del autor.
Ministerio de Educación del Perú. Proyecto de Lineamientos para la gestión de la disciplina escolar en la Educación Básica (RM 613-2026-MINEDU), numeral 5.6 (glosario). Cita cotejada con el texto publicado.
Bretel, L. A. (18 de octubre de 2026). Diferentes enfoques contemporáneos, teóricos y prácticos de disciplina escolar [Artículo]. LinkedIn. https://www.linkedin.com/pulse/diferentes-enfoques-contempor%C3%A1neos-te%C3%B3ricos-y-pr%C3%A1cticos-luis-bretel-i3def
Muñoz Guevara, L. (18 de octubre de 2026). Control o formación: una crítica a los lineamientos de disciplina escolar del Minedu desde el desarrollo socioemocional [Artículo de opinión]. Infobae Perú. https://www.infobae.com/peru/2026/10/18/control-o-formacion-una-critica-a-los-lineamientos-de-disciplina-escolar-del-minedu-desde-el-desarrollo-socioemocional/
Capítulo 6. Los valores que queremos: Constitución y derechos humanos
Antes de discutir cómo se educa en valores, conviene preguntar cuáles. La respuesta no requiere inventar nada: el Perú ya los ha puesto por escrito en su Constitución y en los tratados de derechos humanos que ha suscrito. Este capítulo los ordena, sin pretender agotarlos.
En la Constitución de 1993
Dignidad humana. El artículo 1 establece que la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado.
Libertad. El artículo 2 garantiza, entre otras, las libertades de conciencia y de religión (numeral 3) y de información, opinión, expresión y difusión del pensamiento (numeral 4), y que nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda ni impedido de hacer lo que ella no prohíbe (numeral 24.a).
Igualdad. Igualdad ante la ley y prohibición de discriminar por origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra índole (art. 2, numeral 2).
Justicia. Se expresa, entre otras garantías, en el debido proceso (art. 139, numeral 3) y en la presunción de inocencia (art. 2, numeral 24.e).
Vida e integridad. El artículo 2 reconoce el derecho a la vida y a la integridad moral, psíquica y física, y al libre desarrollo y bienestar (numeral 1).
Paz y tranquilidad. El mismo artículo reconoce el derecho a la paz, a la tranquilidad, al disfrute del tiempo libre y al descanso, y a un ambiente equilibrado.
Solidaridad y protección social. La Constitución reconoce el derecho a la protección de la salud (art. 7), a la seguridad social (art. 10) y al trabajo, que define como deber y derecho (art. 22). Establece que la educación tiene como finalidad el desarrollo integral de la persona (art. 13) y que fomenta la solidaridad (art. 14). El mismo artículo 14 dispone que la formación ética y cívica y la enseñanza de la Constitución y de los derechos humanos son obligatorias en todo el proceso educativo.
En la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948)
La Declaración parte de que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y que, dotados de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente unos con otros (art. 1). Agrega garantías de justicia: nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes (art. 5), nadie será detenido arbitrariamente (art. 9) y toda persona tiene derecho a un juicio justo y a que se presuma su inocencia (arts. 10 y 11). El preámbulo vincula la paz con el reconocimiento de la dignidad y de los derechos de todos, y no solo con la ausencia de guerra. El artículo 26.2 añade que la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. [Cotejada con el texto oficial en español.]
Un vínculo directo con la disciplina escolar
La Convención sobre los Derechos del Niño (art. 28.2) obliga a los Estados a velar por que la disciplina escolar se administre de modo compatible con la dignidad humana del niño. Dignidad, igualdad, libertad, justicia, fraternidad y paz son, así, valores del ordenamiento peruano y no de una fe en particular. La pregunta que sigue es cómo se aprenden y quién los enseña.
Referencias del capítulo
Constitución Política del Perú (1993), arts. 1, 2 (numerales 1 a 4 y 24), 7, 10, 13, 14, 22 y 139 (numeral 3). [Cotejada con una compilación en PDF de la Constitución de 1993 con concordancias (mayo de 2004); los artículos citados conviene confirmarlos con el texto oficial vigente, porque la Constitución ha tenido reformas posteriores.]
Naciones Unidas (1948). Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Naciones Unidas (1989). Convención sobre los Derechos del Niño, art. 28.2.
Capítulo 7. Cómo se forman los valores y quién tiene la tarea de enseñarlos
Los valores humanos resultan de una combinación entre la herencia biológica y la crianza y el entorno. Churchland parte de que somos seres sociales por naturaleza y sostiene que la biología evolutiva, la neurociencia y la genética permiten comprender los valores morales con menos confusión que antes, aunque no del todo (Churchland, 2011, p. 5). Más adelante, Churchland describe la moralidad como una estructura de conducta social con cuatro dimensiones, determinada por la interrelación de procesos cerebrales: el cuidado de los demás, enraizado en el apego a los familiares; el reconocimiento de los estados psicológicos ajenos; la resolución de problemas en un contexto social; y el aprendizaje de prácticas sociales, por refuerzo positivo y negativo, imitación, ensayo y error, condicionamiento y analogía (Churchland, 2011, p. 13). Sobre la base genética, sostiene que el trasfondo genético del circuito del cuidado puede explicar más casos de cooperación de lo que se suponía (Churchland, 2011, pp. 128-129), pero pide cautela con los «genes de la cooperación». Recoge el criterio de los genetistas Flint, Greenspan y Kendler (2010): para decir que un gen es «de» un rasgo se requiere una asociación intensa y específica con ese rasgo en todos los entornos conocidos y una vía fisiológica corta o bien comprendida, y ellos concluyen que es casi seguro que los genes no tienen un efecto específico sobre la conducta (citado en Churchland, 2011, p. 129). Además, los genes participan en la construcción del cuerpo y del cerebro, y el sistema nervioso interactúa con el entorno de modo que puede cambiar la expresión genética, por lo que es muy poco probable que una conducta sensible a la situación, como la agresión o la cooperación, dependa de un solo gen o de un par de genes (p. 135). En un trastorno extremo como la psicopatía, en cambio, estudios con gemelos y con miembros de una misma familia indican una heredabilidad de alrededor del 70 %, y el abuso o la desatención en la infancia pueden agravarla en quienes están predispuestos genéticamente (Churchland, 2011, p. 57); es un caso clínico, no un modelo de cómo se forman los valores en general. Subraya, además, que en los seres humanos las condiciones ecológicas, los avatares de la historia y las prácticas culturales dan lugar a una gran diversidad de organizaciones sociales, incluida la moralidad (Churchland, 2011, p. 137). Marc Hauser, cuya postura expone Churchland, defiende que nacemos con principios morales abstractos y que la educación delimita los parámetros y nos guía hacia sistemas morales particulares (citado en Churchland, 2011, p. 140).
Quién educa
La literatura sobre educación en valores suele plantear que la tarea no recae en un solo actor sino que es compartida:
La familia es la primera escuela de valores. Enseña sobre todo con el ejemplo diario y la convivencia afectiva: empatía, afecto, identidad y respeto primario.
La escuela sistematiza, amplía y pone en práctica esos valores en un entorno democrático: convivencia, diálogo, resolución pacífica de conflictos y cooperación con quienes piensan distinto. Lo hace por el clima del aula, la tutoría y los contenidos transversales.
La comunidad y la sociedad (medios, instituciones, entorno) validan o debilitan lo anterior. Si la sociedad premia el individualismo o los contravalores, el esfuerzo de la familia y la escuela se debilita.
La conclusión que se desprende es que la formación en valores es una responsabilidad compartida: la familia pone la base, la escuela la amplía y la convierte en ciudadanía, y la comunidad la sostiene.
Referencias del capítulo
Churchland (2011) figura en las referencias del Cap. 3; las páginas citadas en este capítulo son las de la edición electrónica en español. Flint, Greenspan y Kendler (2010) y Hauser se citan a través de Churchland.
CONSIDERACIONES Y PROPUESTAS PARA EL DISEÑO DE UN SISTEMA DE EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE EN EL MARCO DE UNA REDEFINICIÓN DE LA CARRERA MAGISTERIAL
Luis Bretel
Enero 2002
1. ¿QUÉ ES
EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE?
1.1¿Cómo entender la evaluación?
La evaluación educativa es un proceso muy complejo y
precisamente por esta razón existen muchas formas de conceptuarla, definirla y
entenderla.
Es posible definirla a partir de lo que se hace cuando se
evalúa y así afirmar que es un proceso de construcción de conocimiento a partir
de la realidad, con el objetivo de provocar cambios positivos en ella. La
evaluación educativa nunca es un hecho aislado y particular es siempre un
proceso que partiendo del recojo de información se orienta a la emisión de
juicios de valor respecto de algún sujeto, objeto o intervención educativos[1].
Pero un proceso evaluativo sería absolutamente limitado y restringido si no
estuviera dirigido, explícitamente, a la toma de decisiones en función de la
optimización de dichos sujetos, objetos o intervenciones evaluadas.
Por ello es que se suele afirmar[2]
que éste es un proceso cognitivo (porque en él se construyen
conocimientos), instrumental (porque
requiere del diseño y aplicación determinados procedimientos, instrumentos y
métodos) y axiológico (porque supone siempre establecer el valor de algo). De
estos tres procesos simultáneos, sin duda, el proceso axiológico es el más
importante y significativo, porque cuando se evalúa no basta con recoger
información, sino que es indispensable interpretarla, ejercer sobre ella una
acción crítica, buscar referentes, analizar alternativas, tomar decisiones,
etc. Todo lo cual tiene como consecuencia fundamental la legitimación del valor
de determinadas actividades, procesos y resultados educativos, es decir la
creación de una “cultura evaluativa”, en la que cada uno de los instrumentos
empleados y los conocimientos generados adquiere sentido y significado. En tal
perspectiva Valdez (2000) afirma que la evaluación del desempeño docente es
“una actividad de análisis, compromiso y formación del profesorado, que valora
y enjuicia la concepción, práctica, proyección y desarrollo de la actividad y
de la profesionalización docente”[3].
La evaluación, quiérase o no, orienta la actividad educativa y determina el
comportamiento de los sujetos, no sólo por los resultados que pueda ofrecer
sino porque ella preestablece qué es lo deseable, qué es lo valioso, qué es lo
que debe ser.
Por otra parte, la evaluación educativa también se suele
definir ateniéndose a aquello que es objeto de evaluación. Si ésta se centra en
los resultados educativos se la define como evaluación sumativa. Si, de manera
diferente, se orienta al estudio y valoración de los procesos educativos y de
las interrelaciones educativas entre los sujetos se la define como evaluación
formativa. En la primera de estas dos comprensiones, generalmente la evaluación
es asociada al uso de determinas tecnologías educativas, al empleo de ciertos
instrumentos y escalas de medición. Mientras que la segunda de ellas busca
comprensiones más globales, muchas veces no cuantificables.
También es posible hacerlo a partir del tipo de proceso y su
finalidad. Así, algunos la conciben como un proceso riguroso de medición
cuantitativa que tiene puesto el interés en realizar comparaciones precisas y
determinar distancias cuantificables entre una situación determinada y un
modelo deseable, claramente establecido. Una evaluación de esta naturaleza
requiere hacer uso de un patrón de medida, lo que supone definir indicadores
objetivamente verificables y cuantificables, determinar desde allí unidades de
medida, construir escalas de medición y diseñar instrumentos válidos y
confiables.
Pero, quienes la entienden, más bien como construcción y
emisión de juicios de valor, o como un proceso de valoración no cuantitativa en
función de ideales, es porque lo único que desean lograr es que se acorte la
brecha entre los desempeños y condiciones actuales y los deseables. Para poder
evaluar el desempeño docente desde esta comprensión, se requiere tener claridad
y haber alcanzado acuerdo respecto al deber ser del desempeño docente y contar
con una conciencia ética y moral suficientemente desarrollada, especialmente en
los docentes, porque la evaluación tendería que ser sobre todo una auto y
coevaluación, desarrollada a través de procesos de reflexión y análisis de los
propios desempeños, en relación con los desempeños que la sociedad o el sistema educativo considera deseables.
Finalmente, hay quienes la asumen como autoverificación de
objetivos alcanzados o comparación entre lo conseguido y lo personal o
colectivamente deseado o proyectado, entre el camino recorrido y el camino
previamente diseñado. En esta perspectiva se requeriría que los docentes y los
centros hubieran formulado sus propios objetivos, claros y bien definidos, así
como diseñado estrategias plenamente aceptadas.
Sin embargo, es importante tener en cuenta lo que muchos han
hecho para evitar una evaluación reducida y miope, a saber, optar por una
evaluación definida como la combinación de todas estas comprensiones,
asignándole mayor peso y significatividad a alguno de los polos dentro de las
combinaciones resultantes. De esta opción podríamos concluir que al proponerse
evaluar el desempeño docente es importante tener e cuenta que:
Es
indispensable estar seguro de que lo que se evalúa es lo que se considera
efectivamente un desempeño deseable, porque el efecto “cultural” de lo realmente
evaluado será siempre más poderoso y determinante, sobre los desempeños
futuros, que las intenciones declaradas de la misma.
Se
debe prestar más atención a la “cultura evaluativa” que se originará con la
forma en que se evalúe que a los procedimientos e instrumentos de evaluación.
En todo caso, antes de aplicar estos últimos es indispensable determinar cuáles
serán los impactos que podrían producir (positivos o negativos) en la cultura
evaluativa que se requiere construir.
No
deben efectuarse reduccionismos o sesgos al diseñar el sistema evaluativo y
tenerse en cuenta que son tan importantes los resultados como los procesos. Es
tan importante la información cuantificable y “objetiva” como la información imprecisa
y los procesos “subjetivos” que pueden desencadenarse con la evaluación. Es tan
importante que quien evalúe se coloque fuera del proceso evaluado, como que
quien está dentro y totalmente involucrado pueda participar en la evaluación.
Es tan importante que se evalúe desde aquello que se ha asumido como social y
universalmente deseable, como que se lo haga desde lo que es deseable y valioso
para cada sujeto particular.
No
debe temerse a un proceso evaluativo muy complejo, porque toda simplificación
puede resultar reductiva y empobrecedora.
En
conclusión, concebimos la evaluación del
desempeño docente como un proceso, formativo y sumativo a la vez, de
construcción de conocimientos a partir de los desempeños docentes reales, con
el objetivo de provocar cambios en ellos, desde la consideración axiológica de
lo deseable, lo valioso y el deber ser del desempeño docente.
Quisiéramos cerrar este acápite con las siguientes palabras
del cubano Héctor Valdés, respecto al sistema de evaluación del desempeño
docente en su país:
“Durante varias décadas se trabajó en el sector educacional
bajo el supuesto de que el peso de las condiciones socioeconómicas y culturales
externas al sistema educativo sobre las posibilidades de éxito de los escolares
es tan fuerte, que muy poco podía hacerse al interior de las escuelas, para
contrarrestarlas [...]
En el último decenio los sistemas educativos latinoamericanos
han privilegiado los esfuerzos encaminados al mejoramiento de la calidad de la
educación y en este empeño se ha identificado a la variable “desempeño
profesional del maestro” como muy influyente, determinante, para el logro del
salto cualitativo de la gestión escolar [....]
Hoy se aprecia un cierto consenso en la idea de que el
fracaso o el éxito de todo sistema educativo depende fundamentalmente de la
calidad del desempeño de sus docentes. [...] Sin docentes eficientes no podrá
tener lugar el perfeccionamiento real de la educación.
La evaluación del maestro juega un papel de primer orden,
pues permite caracterizar su desempeño y por lo tanto propicia su desarrollo
futuro al propio tiempo que constituye una vía fundamental para su atención y
estimulación.
Otros actores educativos, sin embargo, obstaculizan todo
esfuerzo porque se instauren políticas de este tipo en sus sistemas educativos,
a partir de posiciones básicamente gremiales que, tratando de “proteger al
docente”, olvidan el derecho de los alumnos a recibir una educación cualitativamente
superior e incluso no reflexionan en el derecho que tienen los docentes a
recibir acciones de asesoramiento y control que contribuyan al mejoramiento de
su trabajo.
La evaluación profesoral no debe verse como una estrategia de
vigilancia jerárquica que controla las actividades de los profesores, sino como
una forma de fomentar y favorecer el perfeccionamiento del profesorado, como
una manera de identificar las cualidades que conforman a un buen profesor para,
a partir de ahí, generar políticas educativas que coadyuven a su
generalización.
Es inaceptable la desnaturalización de la evaluación como
forma de control externo y de presión desfigurado de la profesionalización y
formación de los docentes.
Los educadores están sometidos constantemente a una
valoración por todos los que reciben directa o indirectamente sus servicios.
Por esa razón se hace necesario un sistema de evaluación que haga justo y
racional ese proceso y que permita valorar su desempeño con objetividad,
profundidad, e imparcialidad.
La evaluación, en sí misma, ha de ser una opción de reflexión
y de mejora de la realidad, pero su oportunidad y sentido de repercusión tanto
en la personalidad del evaluado, como en su entorno y en el equipo del que
forma parte, ha de ser entendida y situada adecuadamente para posibilitar el
avance profesional de los docentes. .”[4]
1.2¿Cómo
sentir la evaluación?
Un aspecto importante de las complejidades del proceso
evaluativo, en el ámbito educativo y en el ámbito profesional también, tiene
que ver con los sentimientos que respecto a ella se tienen como parte de la
“cultura evaluativa” ya instalada y por los sentimientos que ella pueda
producir una vez anunciado e iniciado su proceso.
En primer lugar, es importante sacar a la luz los
sentimientos que la evaluación produce en todos, tanto cuando evaluamos a otros
como cuando nos sentimos evaluados o susceptibles de serlo.
En nuestro medio, la evaluación provoca una multitud de
sentimientos desagradables, especialmente cuando somos objeto de ella:
Desconfianza, temor, miedo, inseguridad y, a veces, pánico. Es que,
desgraciadamente, tenemos una imagen traumática de la evaluación porque ésta,
en nuestro medio, es sinónimo de arbitrariedad, de subjetividad, de
irracionalidad y de poder autoritario y aplastante.
Desde el punto de vista de quien evalúa, en tanto que el
evaluar otorga poder sobre los evaluados, quien tiene que hacerlo no puede
evitar sentir que los destinos ajenos están en sus manos y que la sensación de
producir temor en el otro puede llegar a producir un enfermizo placer.
Es evidente que hacer explícito este temor no lo va a evitar
ni superar, pero es indispensable estar concientes de él y de sus posibles
manifestaciones, que pueden enturbiar, distorsionar e irracionalizar la
discusión y la implementación de un sistema de evaluación del desempeño
docente.
Tan sólo de pensar en este tema los docentes peruanos nos
llenamos de ansiedades y temores, sin embargo es importante tener en cuenta que
estos sentimientos es reversible y que el éxito o el fracaso de un sistema de
esta naturaleza depende, en gran medida, de lograr generar un clima evaluativo
positivo. El primer reto a enfrentar debe ser el lograr que los docentes de
puedan llegar a sentir que ser evaluados es valioso, agradable y hasta
deseable.
Estas consideraciones deben tomarse muy en cuenta al diseñar
la estrategia de implementación del Sistema de Evaluación del Desempeño
Docente. Precisamente, las tendremos muy en cuenta en el Capítulo 3, al
realizar nuestras propuestas estratégicas.
Héctor Valdez (2000) insiste en la necesidad de tener en
cuenta este aspecto y nos advierte de los peligros de no tenerlo en cuenta:
“Los profesores, en principio, se resisten a ser evaluados.
Un planteamiento apresurado, acompañado de un estado de desinformación o una
información sesgada pueden disparar las especulaciones, creencias y
suposiciones erróneas, interesadas o malintencionadas y provocar una oleada de
protestas y resistencia activa, tanto de ellos como sus organizaciones
sindicales y profesionales, que truncarán toda posibilidad de procesos útiles
para la mejora [...]Si los docentes sienten peligro, tenderán a comportarse y
actuar de forma tal que les garantice quedar bien ante la evaluación,
independientemente de sus convicciones educativas y de la riqueza de los
procesos. Una actuación no comprendida y sin embargo asumida, por la presión de
una evaluación de su desempeño, no supondrá mejoras en la calidad de la
enseñanza, sino trabajo externalista o de fachada, pudiéndose potenciar
acciones indeseadas y distorsionadoras para una educación de alta calidad [...]
Ahora bien, es importante que tengamos presente, que se puede inhibir el
crecimiento como consecuencia de una evaluación que resulte amenazadora, que
esté deficientemente dirigida o sea inadecuadamente comunicada.”[5]
1.3¿Qué
es desempeño docente?
Para muchos el docente es un trabajador de la educación.
Para otros, la mayor parte de los docentes son esencialmente servidores
públicos. Otros lo consideran simplemente un educador. También puede considerársele
como un profesional de la docencia y aun hay quienes todavía lo consideran una
figura beatífica y apostólica. Aunque establecer la distinción pueda parecer
una trivialidad, optar por una u otra manera de concebir al docente puede tener
importantes implicancias al proponer un sistema de evaluación de su desempeño.
Concebirlo, simplemente, como un trabajador de la educación
o como un servidor público, estaríamos en una comprensión ambigua, poco
específica y desvalorizante del rol del docente. Por una parte, es evidente que
muchos trabajadores o servidores públicos podrían caer dentro de esa
clasificación sin ser docentes, ya que son muchas las personas que perciben una
remuneración por prestar una diversidad de servicios en dicho ámbito. Por otra,
es muy difícil evitar la connotación de no profesionalidad, de ser ejecutor de
las órdenes e instrucciones superiores que tienen los términos Trabajador y
servidor.
Por otra parte, entenderlo como educador, puede resultarnos
además de también genérico y poco claro, ya que en principio todos educamos y
todos somos educados, sino que puede hacer referencia a la mítica imagen del
docente “apóstol de la educación”, con una misión que al trascender lo mundano
pierde una característica propia de todo servicio profesional, a saber, la
rendición mundana y social de cuentas por la calidad del servicio prestado.
La profesionalidad de la docencia hace referencia no sólo al
tipo de actividad económica que realiza, al tipo de servicio público que
presta, a la relevancia de este servicio en relación al desarrollo de la
sociedad y del género humano, sino también a la necesaria calificación y
calidad profesional con la que se espera que lo haga.
Recogiendo palabras del Presidente del Colegio de Profesores
de Chile[6],
el docente es un profesional que debe poseer dominio de un saber especifico y
complejo (el pedagógico), que comprende los procesos en que está inserto, que
decide con niveles de autonomía sobre contenidos, métodos y técnicas, que
elabora estrategias de enseñanza de acuerdo a la heterogeneidad de los alumnos,
organizando contextos de aprendizaje, interviniendo de distintas maneras para
favorecer procesos de construcción de conocimientos desde las necesidades
particulares de cada uno de sus alumnos. Por ello debe superarse el rol de
técnicos y asumirse como profesionales expertos en procesos de enseñanza y
aprendizaje. Esta perspectiva profesional, supone concebir a los docentes como
actores sociales de cambio, como intelectuales transformadores y no sólo como
ejecutores eficaces que conocen su materia y que poseen herramientas
profesionales adecuadas para cumplir con cualquier objetivo que sea sugerido o
impuesto desde el sistema. Esto implica definir el campo de trabajo docente
como una práctica investigativa. Y ello requiere contar con la capacidad de
construir y evaluar sistemáticamente sus prácticas pedagógicas.
Es indispensable precisar cuál es la misión educativa
específica del docente y en ese contexto, cuáles son los conocimientos,
capacidades, habilidades y actitudes que corresponden a esas tareas. Su misión
es contribuir al crecimiento de sus alumnos y alumnas. Contribuir, desde los
espacios estructurados para la enseñanza sistemática, al desarrollo integral de
las personas, incorporando sus dimensiones biológicas, afectivas, cognitivas,
sociales y morales. Su función es mediar y asistir en el proceso por el cual
niños y jóvenes desarrollan sus conocimientos, sus capacidades, sus destrezas,
actitudes y valores, en el marco de un comportamiento que valora a otros y respeta
los derechos individuales y sociales. Para realizar esta misión los docentes
necesitan creer en ella y en que es posible realizarla bien.[7]
Todo ello hace pensar en que su rol es un rol profesional y
definirlo como tal, es no sólo indispensable sino un paso trascendental en la
profesionalización de la docencia y en la construcción de una educación de
calidad. Graciela Messina[8], reflexionando sobre el carácter profesional
de la tarea docente, no sólo plantea que es una tarea urgente lograr que
se considere que el docente es un profesional, sino que está segura que el
asumirlo como “un no profesional” es un mito tanto para deslegitimar su trabajo
y en consecuencia justificar las injustas condiciones de trabajo y salario,
como para justificar que la “creatividad” le pertenece sólo a unos pocos, al
nivel central de los ministerios de educación, que toman decisiones y hacen
guías de aprendizaje, que definen currículo, dándole muy poco espacio a los
docentes.
Precisando la reflexión, María Inés Abrile, exministra de
Educación de la Provincia de Mendoza y actual asesora del Ministerio de Cultura
y Educación de Argentina afirma:
“Para responder a los requerimientos de una educación de
calidad para todos es indispensable promover la profesionalización de los docentes.
El proceso de conversión del rol docente en profesional es una exigencia no
sólo de las transformaciones acaecidas en la organización del trabajo, sino que
es una consecuencia de los procesos de descentralización, de la autonomía en la
gestión de las escuelas y de los cambios que están ocurriendo en los procesos
de enseñanza y aprendizaje [...]
En la actualidad la docencia es una semi-profesión desde el
punto de vista sociológico, débilmente estructurada, en una posición dominada
por la burocratización de las instituciones y por la desvalorización dentro del
mercado de empleo. En muchos países iberoamericanos la actividad docente no ha
logrado todavía ser reconocida como profesión. Existe gran contradicción sobre
la trascendental misión que cumplen maestros y profesores a nivel del discurso
político, y la situación concreta en la que se desenvuelven [... ]
El efecto negativo de esta situación es la pérdida de jóvenes
talentosos que no se sienten atraídos por la función docente, y la dificultad
para remontar los bajos índices en los resultados del aprendizaje [...]
Establecer una estructura profesional más progresiva y
estrechamente asociada al crecimiento profesional y al buen desempeño, es una
alternativa para superar la situación actual que otorga mérito al que permanece
en el sistema (antigüedad), sin importar demasiado la calidad de su actuación
profesional y los resultados que obtiene.”[9]
Esta caracterización, además de describirnos el particular
quehacer profesional del docente, nos interna en esa otra más compleja
cuestión: ¿qué es lo que caracteriza el buen desempeño profesional del docente
y cuáles son las condiciones en las que éste es posible?
El buen desempeño profesional de los docentes, así como de
cualquier otro profesional, puede determinarse tanto desde lo que sabe y puede
hacer, como desde la manera como actúa o se desempeña, y desde los resultados
de su actuación[10]. Obviamente no es posible calificar al buen
profesional, y menos al docente, sólo desde alguno de estos aspectos.
1.3.1¿Qué
debe saber el buen docente?
Hernández afirma que “el docente debe conocer el contenido
de su enseñanza y el modo como ese contenido puede tener sentido para el
estudiante; el docente debe saber hablar en un lenguaje comprensible y promover
el diálogo con los estudiantes (es decir, debe saber comunicar y generar
comunicación); el docente debe ponerse de manifiesto como quien se pone frente
a los alumnos para mostrar y entregar lo que tiene y quiere y; el docente debe
plantear y obedecer unas reglas de juego claras en su relación con los
estudiantes y estar dispuesto a discutir esas reglas".[11]
Es de sentido común afirmar que un buen docente debe tener
conocimientos sobre las disciplinas académicas en torno a las que debe lograr
que los alumnos construyan aprendizajes; también sólidos conocimientos
pedagógicos que le permitan lograr dichos aprendizajes, así como respecto de
las características generales e individuales de cada uno de sus estudiantes.
“Hoy día necesitamos a nuestros docentes apropiándose del
mejor conocimiento disponible sobre la educación, con capacidad autónoma para
actualizarlo y recrearlo. Tampoco se trata de un mero desafío cognitivo. Es
deseable una vocación y un compromiso afectivo con una tarea que es social y
que tiene que ver con la formación de personas. Es, finalmente, un desafío
práctico: requiere capacidades. Las habilidades y los desempeños son
imprescindibles tanto como los conocimientos y las aptitudes.”[12]
1.3.2¿Cómo
debe actuar el buen docente?
La gama de tareas del docente incluye la planificación de
sus actividades de enseñanza, teniendo presente las características de los
destinatarios de la educación, las del entorno en que viven y las de la
sociedad que deberán enfrentar. También incluye la capacidad para establecer
ambientes de aprendizaje que facilitan la participación e interacción entre
alumnos y profesor; la creación de herramientas de evaluación apropiadas que le
permitan, por una parte detectar las dificultades de sus alumnos y alumnas y,
en consecuencia apoyarlos y, por otra parte, evaluar el efecto de su propia
estrategia de trabajo. Finalmente incluye formar parte constructiva del entorno
en el que trabaja, compartir y aprender de y con sus colegas y relacionarse con
los padres de familia y otros miembros de la comunidad circundante. [13]
Es todo esto lo que hace que la respuesta a esta pregunta
resulte más complejo en tanto que la actuación profesional del docente se
realiza en diversos ámbitos y con diversos sujetos.
En el ámbito del aula, su buen desempeño tiene que ver tanto
con el diseño cuidadoso, la conducción responsable y la evaluación profunda de
los procesos de aprendizaje; así como con la relación comunicativa y afectiva
que establece con todos y cada uno de sus estudiantes.
Con relación a sus colegas, se espera una actuación de
colaboración, de apoyo mutuo y corresponsabilidad tanto respecto a la
diversificación del currículo como a la organización y marcha del centro.
Respecto a los padres de familia, se espera su conocimiento,
apertura, comunicación y colaboración profesional.
Respecto a la sociedad que le ha otorgado la responsabilidad
de educar, se espera su comportamiento ético y ejemplar, con relación a las
nuevas generaciones y en función del ideal de sociedad que se espera contribuya
a realizar.
Respecto a sí mismo, se espera que el buen docente esté
permanentemente buscando los mejores medios para crecer profesional y
humanamente.
Finalmente el aspecto que consideramos más importante y que
la sociedad entera espera que se dé en todos los ámbitos señalados anteriormente:
se espera un comportamiento moralmente recto y ejemplar.
“Hay comportamientos inaceptables por la moral mínima y que
tiene una probabilidad mayor de ocurrencia, facilitados por la asimetría de las
posiciones de docente y alumno. El desconocimiento del derecho del alumno de
formar sus propias concepciones marca seguramente que se ha traspasado el
límite de lo que nos es permitido a los docentes dentro de la particularidad
del proceso de enseñanza.” [14].
“Y mucho más claro, aunque quizá más frecuente en sus formas
sutiles, es el carácter moralmente reprobable del uso que el docente puede
hacer de su poder para experimentar el placer del control. Muchos algunas veces
hemos dudado de si la disciplina o las tareas que exigimos se justificaban por
las necesidades de la enseñanza, o si en ellas mas bien nos complace la
experiencia de nuestro propio poder. “[15]
“La falta de este particular deber de virtud del docente
amenaza con convertir la enseñanza en un
simulacro.” [16]
1.3.3¿Qué
resultados debe lograr el buen docente en su práctica profesional?
En
cada ámbito de su quehacer profesional se esperan resultados. El aprendizaje y
el crecimiento personal y afectivo de sus estudiantes, es el principal. Pero
también se espera que sus colegas se sientan apoyados y consideren que su
colaboración es responsable y eficaz, respecto a la tarea colectiva e
institucional. Se espera, así mismo, que los padres de familia se sientan
satisfechos con la calidad de su servicio y con su compromiso profesional. Toda
la sociedad espera tener pruebas de la búsqueda de su excelencia personal y
ética y de su crecimiento profesional.
Ha llegado el momento de pasar de una mirada centrada en los
procesos, que empiece a fijarse crecientemente en los resultados. Nuestros
niños tienen que aprender más y mejor. Nuestros colegios tienen que orientar su
quehacer al aprendizaje. Necesitamos promover una cultura de la excelencia, con
más exigencias, con más rigor, con expectativas más altas sobre nuestros
alumnos y sobre sus logros. Por eso estamos induciendo a todas las comunidades
escolares a fijarse metas sobre asistencia, repitencia, abandono, aprendizajes
insuficientes, mejoramiento de los resultados, especialmente en lenguaje y
matemáticas.[17]
Joan Mateo (2000), sintetizando la propuesta de Scriven[18]
resume lo anterior en el siguiente cuadro:
Es evidente que es posible realizar muchas otras síntesis de
las competencias que deben caracterizar el buen desempeño del docente. De hecho
lo más importante es avanzar en la definición socialmente aceptada y
consensuada de las competencias básicas
que deben caracterizarlo para nosotros.
2LA
FINALIDAD DE LA EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE
Las diversas experiencias de evaluación del desempeño
docente nos demuestran que las finalidades o las razones por las que se puede
implementar un sistema de evaluación del desempeño docente son varias, y estas
mismas experiencias nos demuestran que no se trata de alternativas excluyentes
ya que todas ellas contribuirían, unas más y otras menos, a mejorar la calidad
de la docencia y con ello la calidad de los procesos educativos y de la
educación en general. Para el Colegio de Profesores de Chile:
“El propósito fundamental del sistema (de
evaluación) es el de mejorar la calidad del desempeño de los profesores y
profesoras en todos los niveles, en función de un mejoramiento de la educación
ofrecida en los establecimientos del país. [...]
[Los objetivos generales de este sistema de evaluación deben
ser:]
Estimular y
favorecer el interés por el desarrollo profesional deProfesores y profesores.
En la medida en que se proponga un sistema que presente metas alcanzadas de
mejoramiento docente y oportunidades de desarrollo profesional, los profesores
se sentirán estimulados a tratar de alcanzadas y alentados cuando lo hagan. El
desarrollo profesional puede ocurrir en varias esferas de la vida del profesor.
Mejorar su conocimiento y capacidades en relación a sí mismo, a sus roles, el
contexto de escuela y educacional y sus aspiraciones de carrera.
Contribuir al mejoramiento de la gestión Pedagógica de losestablecimientos. Esto ocurrirá en la medida que se cumpla el objetivo
anterior. Mejorará su modo de enseñar, sus conocimientos de contenido, sus
funciones como gestor de aprendizaje y como orientador de jóvenes, sus
relaciones con colegas y su contribución a los proyectos de mejoramiento de su
establecimiento educacional.
Favorecer la formación integral de los educandos. En
la medida en que se cuente con profesionales que están alertas respecto a su
rol, tarea y funciones y saben cómo ejecutarlas y mejoradas, su atención se
centrará con más precisión en las tareas y requerimientos de aprendizaje de los
alumnos y alumnas, como también en sus necesidades de desarrollo personal.
[...] Subyace a esta propuesta, que se reconozca que el éxito
o fracaso de un sistema como el propuesto depende de los esfuerzos realizados
por manejar bien los factores que afectan el desempeño docente y, sobre todo,
reconocer que los resultados de aprendizaje de los alumnos y alumnas del
sistema no dependen enteramente de la acción de los docentes. Los factores que
requieren atención son los siguientes:
(a) La comprensión de los docentes del sistema que se les
propone y su compromiso a asumirlo como sistema válido para asegurar la calidad
del ejercicio de su profesión. Ello implicará un tiempo dedicado a la
socialización y discusión del esquema con docentes a través de todo el país.
(b) El que existan condiciones básicas de trabajo pedagógico
y profesional que permitan ejercer y desarrollar los estándares[19] de desempeño
que dicho sistema de evaluación impulsará.
(c) Un sistema de desarrollo profesional y formación
permanente articulado y financiado, que ofrezca inducción para nuevos
profesores, reconozca y facilite el desarrollo profesional en el contexto
escolar, apoye el auto perfeccionamiento y perfeccionamiento entre pares,
regule eficientemente la calidad de la oferta de formación inicial y cursos de
actualización, y que sea coordinado efectivamente a niveles central, regional y
comunal.
(d) El fortalecimiento, en tiempo asignado y oportunidades al
interior de escuelas y liceos, del trabajo colaborativo entre profesores.”
2.1¿Para
qué podría ser útil la evaluación del desempeño docente?
1.Consideramos que la más importante utilidad que esta evaluación debería
tener es el posibilitar el diseño de estrategias y medidas de refuerzo y
crecimiento profesional pertinentes y ajustadas a las condiciones y necesidades
reales de cada docente. Es evidente que las necesidades de formación y
capacitación de los docentes son diversas y que las propuestas uniformes y
monocordes terminan siendo útiles sólo para un grupo pequeño a cuyas
necesidades responde.
2.Por otra parte, un sistema de evaluación participativo, con criterios
concordados y procedimientos auto y coevaluativos, permitiría lograr un mayor
nivel de compromiso de cada docente con las metas, los objetivos y las personas
involucradas en el proceso educativo.
3.Así mismo, un sistema de evaluación, con participación de todos los
actores involucrados en el proceso educativo permitiría el empoderamiento y la
responsabilización individual y colectiva de todos los ciudadanos respecto a
las grandes metas y objetivos educativos nacionales, regionales, locales o
institucionales, y a sus resultados.
4.La evaluación del desempeño docente permitiría también la formulación
de metas y objetivos institucionales, regionales o nacionales pertinentes que
se definirían sobre bases y condiciones reales.
5.Esta evaluación sería un insumo fundamental para el enriquecimiento de
las propuestas y el currículo de las instituciones formadoras de docentes.
6.A cada docente le permitiría el delineamiento de metas y objetivos
personales de crecimiento profesional.
7.Podría ser empleada para seleccionar y escoger a quienes hayan logrado
una mayor desarrollo de las competencias necesarias, entre quienes quieren incorporarse a la carrera magisterial
o a un centro educativo determinado.
8.Finalmente, podría ser útil para calificar y clasificar a los docentes
en un escalafón o en los niveles de la carrera magisterial, para determinar si
cuentan con las condiciones adecuadas para asumir una función o un cargo
determinados, o para sancionar, positiva o negativamente a los docentes,
aplicando incentivos y estímulos o medidas punitivas a docentes individuales o
a colectivos docentes.
Estas posibles finalidades también podrían ser analizadas
preguntándonos
2.2¿Quién
podría ganar y qué con un sistema de evaluación del desempeño docente?
La respuesta es que si diseñamos un sistema adecuado podrían
ganar todos los sujetos involucrados en la tarea educativa y la sociedad en su
conjunto, porque estimularía el crecimiento personal y profesional de cada
docente, al plantearle metas claras de desempeño esperado, al garantizarle un
proceso racional de ascenso y movilidad dentro de la carrera magisterial.
Ganaría el colectivo administrativo-docente de cada escuela, porque estimularía
su mejoramiento continuo. Ganarían los alumnos, porque contribuiría
considerablemente al mejoramiento de la calidad de las oportunidades y los
resultados del aprendizaje. Ganarían las instituciones formadoras, por sus
resultados les permitiría ajustar permanentemente sus propuestas de formación
de docentes. Ganarían los padres de familia, el sistema educativo y el país,
porque la evaluación del desempeño docente promovería el cambio continuo,
contando con el compromiso de todos sus actores.
Como ya se afirmó, estas finalidades distintas no son
excluyentes y hasta podrían alcanzarse simultáneamente, sin embargo, en nuestro
medio es importante determinar cuáles podrían y deberían ser logradas primero,
en virtud a generar y desarrollar una cultura evaluativa que permita evitar las
limitaciones y riesgos de la implementación de un sistema de evaluación de esta
naturaleza y contribuir realmente al mejoramiento de la calidad del servicio
educativo y al empoderamiento de los diversos actores y sujetos involucrados en
la educación.
A continuación se presentan los objetivos y las formas que
debiera tener la evaluación para cada una de las finalidades posibles y se
analizan desde la perspectiva estratégica de su contribución a la generación de
una cultura evaluativa en nuestro medio.
3LOS
OBJETIVOS Y LOS PROCEDIMIENTOS DE EVALUACIÓN MÁS APROPIADOS SEGÚN FINALIDAD
Para lograr la construcción de un sistema de evaluación del
desempeño docente que logre el equilibrio entre las distintas finalidades
planteadas en el capítulo anterior, Stronge[20]
propone las siguientes acciones indispensables:
Diseñar objetivos beneficiosos que deben
ser valorados y considerados importantes,
en primer lugar, por cada profesor y por su centro educativos y, en segundo lugar,
por la sociedad entera.
Crear los mecanismos que hagan posible la
comunicación sistemática, la transparencia de los procesos y la posibilidad de
interacción. Cada aspecto clave del proceso evaluativo deberá estar acompañado
de un acto informativo y éste debe enfatizar en la existencia y descripción de
las condiciones que garanticen que el proceso se realiza adecuadamente.
Garantizar la aplicación técnica del sistema
evaluativo, teniendo en cuenta el principio de que un sistema evaluativo
técnicamente correcto no garantiza una evaluación efectiva, pero que,
evidentemente, un sistema incorrecto sí garantiza que nunca llegue a serlo.
Usar múltiples fuentes de datos, para lograr que
el marco de la actuación evaluada mucho más rica y contextualizada, que se
recoja la información en situaciones más naturales, que se logre una mayor
fiabilidad en la información obtenida, que se tengan bases legalmente mejor
defendibles, en el caso de tener que tomarse decisiones sancionadoras, y, finalmente contar con una información de
base mucho más firme sobre la que construir planes de mejora y desarrollo
docente realistas.
Crear un clima favorable a la evaluación, en el
que la confianza entre las partes implicadas, la honestidad y la transparencia
en las actuaciones sean la norma y no la excepción. Sin este clima, no sólo no
será posible la consecución de cualquiera de las finalidades planteadas, sino
que posiblemente no lo sería la evaluación misma. Este clima se puede ir
alcanzando en la medida en que se logre amplia participación en la definición
de los objetivos, se consiga una comunicación continua y fluida en las
diferentes fases del proceso, se realice una aplicación técnica, exista honestidad
en los juicios y un enfoque proactivo en todo el proceso.
A continuación proponemos un conjunto de pasos estratégicos
indispensables para lograr que cada una de las ocho finalidades posibles de un
Sistema de Evaluación del Desempeño Docente vayan siendo alcanzadas.
Consideramos que las estrategias propuestas en el primer acápite (3.1),
permitirían lograr de manera específica las finalidades 1, 4 y 6. Las
propuestas en el segundo acápite (3.2), las finalidades 5 y 7. Y las del
tercero, la finalidad 8. Las finalidades 2 y 3 que tienen que ver con el
empoderamiento y compromiso de todos los actores, así como con el desarrollo de
una cultura evaluativa atraviesan loas tres propuestas estratégicas.
3.1Evaluación
desde y para la formulación de metas y objetivos personales, institucionales,
regionales o nacionales y para el diseño de estrategias y medidas de refuerzo
al crecimiento profesional de los docentes
Avanzar en la
perspectiva de dotar de autonomía, responsabilidad y compromiso con la mejora
de la calidad de la educación peruana implica, paralelamente al ir
estableciendo una cultura de la evaluación, desarrollar una cultura de toma de
decisiones y establecimiento de objetivos y metas y de evaluación de ellas.
Cada docente, cada
colectivo docente (en cada centro educativo o Red de centros), cada instancia
local o regional del sector educación, debería involucrarse en un proceso de
autoevaluación que permitiera identificar, en primer lugar, sus potencialidades
y sus limitaciones, sus éxitos y sus fracasos, para desde ellos proponerse
objetivos y metas precisas de crecimiento y mejora y, en segundo lugar, el
nivel de logro y consecución de dichos objetivos y metas.
Este proceso, de
alguna manera, fue el que se pretendió iniciar con la exigencia de que cada
centro educativo desarrolle su propio Plan de Desarrollo Educativo
Institucional (PDI). Desgraciadamente, en la mayor parte de los casos, se
convirtió sólo en una exigencia burocrática y en un documento carente de
relevancia. En aquellos, tal vez pocos, centros en los que sí cumplió su
cometido fue porque:
Los directores y algunos
docentes tenían absoluta claridad sobre su finalidad y el sentido de elaborarlo
y porque sabían cómo y mediante qué procesos tenía sentido hacerlo;
los colectivos docentes
participaron y se comprometieron en el proceso de elaboración y de seguimiento
y evaluación de sus objetivos y metas;
contaron con el apoyo y
acompañamiento de instituciones que tenían claridad sobre el impacto que su
elaboración tendría y que contaban con los conocimientos y experiencia
suficientes como para brindar soporte efectivo en el proceso de su elaboración.
El diseño mismo del
PDI implicaba un proceso de evaluación diagnóstica en el que los docentes no
sólo debían mirar y recoger datos relevantes del contexto, sino que debían
mirar hacia adentro evaluando sus propias capacidades, potencialidades y
limitaciones. Por otra parte, implicaba el establecimiento de objetivos y metas
orientados al desarrollo profesional de los docentes, al involucramiento de
padres y alumnos en las decisiones del centro, la atención de las necesidades
específicas y prioritarias de los alumnos y la vinculación del centro con
organizaciones e instituciones que pudieran convertirse en aliados estratégicos
de su misión. Así mismo, debían precisar metas a ser alcanzadas en plazos
específicos y personas responsables de su consecución, además de acciones de
seguimiento, monitoreo y evaluación de las mismas. Ese proceso, ya iniciado y sobre el cuál se han
desarrollado no sólo experiencias exitosas, sino también instrumentos útiles,
debería ser retomado y enriquecido.
Podría enriquecerse
si se logra que el sistema de medición de logros de aprendizaje, que
actualmente es sólo muestral (en términos de centros educativos), se transforma
en un sistema que evalúa alumnos de todos los centros educativos, con el
objetivo de proporcionar la información individual (de cada centro) y
comparativa a la sociedad y especialmente a los docentes de cada centro. El
análisis y la reflexión que sobre ella pudieran hacer los docentes y los padres
de familia de cada centro educativo, permitiría elaborar diagnósticos más
reales y profundos. Sin embargo, es evidente que implementar un sistema de
medición de resultados de aprendizaje de esa magnitud, podría ser muy complejo
y costoso. En el camino de construirlo sería muy útil que todos los centros
educativos contaran no sólo con los instrumentos de evaluación y sus plantillas
de calificación, sino con la información que analiza los resultados recogidos
de las muestras seleccionadas. La experiencia uruguaya en esa dirección
permitió obtener información tan valiosa y útil como la anterior, así como
desencadenar procesos de autoevaluación muy enriquecedores para todos los
docentes[21].
En segundo lugar,
no sólo el sistema de medición de logros de aprendizaje, el subsistema de
evaluación del desempeño docente para el establecimiento de objetivos y metas,
sino todo el sistema educativo, se vería enormemente enriquecido si se
definieran con mucha precisión estándares de aprendizaje mínimos para todos los
educandos del país. Si éstos además van acompañados por descripciones
detalladas de las evidencias que debieran tomarse en cuenta para determinar el
nivel en el que se encuentran los estudiantes, además de modelos de
instrumentos para poder medir esto con precisión, se pondría en manos de los
docentes, los padres de familia, etc., un medio fundamental para evaluar la
eficacia del centro y del desempeño de los docentes, que permitiría fijar
objetivos y metas más precisos. Sería materia de otro documento el análisis del
impacto que, sobre la auto y la coevaluación del desempeño docente y el establecimiento
de metas personales e institucionales, ha tenido la elaboración de estos
estándares en otros países. Un ejemplo muy claro de ello es el que produjo la
elaboración y publicación del “Curriculum Standards Framework” en
Victoria-Australia (Ver: http://www.vcaa.vic.edu.au/csfcd/home.htm).
En tercer lugar, la
sistematización de todas las experiencias exitosas de autodiagnóstico
institucional y de elaboración de PDI, permitiría identificar con precisión las
claves que las hicieron posible y la formulación de una estrategia que
permitiera, paulatinamente, involucrar a más docentes y centros en procesos,
adecuadamente acompañados, de autoevaluación y autodiagnóstico para el
establecimiento de objetivos y metas específicos de desarrollo profesional e
institucional. En este proceso debieran identificarse también las instituciones
y las personas que lograron capacitar y acompañar mejor dichos procesos, ellas
deberían asumir la nueva misión de preparar a otras instituciones y personas
para desencadenar un proceso más masivo, pero de la misma calidad que ellos
condujeron. Finalmente, esta sistematización permitiría recolectar, organizar y
difundir los instrumentos más efectivos, que resultaron ser de más fácil aplicación
y que ofrecieron mejores resultados.
En cuarto lugar, es
evidente que tendrían que asegurarse no sólo la capacitación de los equipos
docentes que se involucrarían en un proceso semejante, sino sobretodo el
acompañamiento de quienes hayan iniciado el proceso. Es posible que esto no se
pueda generalizar desde un primer momento, pero se podría diseñar una
estrategia que haga posible el avance paulatino hacia que en un plazo
razonable, todos los docentes y centros del país se involucraran en él. De los
diversos procedimientos que se proponen en el siguiente Capítulo, los que
pueden resultar de utilidad al evaluar en función de esta finalidad son los
siguientes: La autoevaluación, la opinión de los padres, la opinión de los
alumnos, la coevaluación o evaluación de pares y el rendimiento en el aprendizaje
de los alumnos.
En quinto lugar, el
proceso de elaboración, seguimiento y monitoreo del PDI de cada centro, debiera
complementarse con procesos locales de elaboración de proyectos de desarrollo
educativo, que tomando como base los diagnósticos de los PDI de los centros del
ámbito, establezcan objetivos y metas relativos a cómo y en qué medida se les
apoyará (a cada centro) en el logro de
sus objetivos y metas específicos. Lo mismo debiera producirse en los ámbitos
provinciales, departamentales y nacional. Adquieren relevancia aquí las
palabras de J.C. Tedesco: “la autonomía de los establecimientos y la
articulación de esfuerzos entre las instituciones educativas, a partir de
elementos comunes en los proyectos de cada institución, forma una red que puede
constituir una vía prometedora para acercarse a buenos resultados”.[22] Estos procesos se verían enormemente
facilitados en la medida en que la intercomunicación informática de las
diversas instancias de administración del sistema educativo se vaya
incrementando.
A diferencia de los
otros dos que se proponen a continuación, este subsistema de evaluación del
desempeño docente, cuyo objetivo no es seleccionar, calificar ni sancionar,
sino promover una cultura de la autoevaluación, podría iniciarse temporalmente
antes que ellos y alcanzar su finalidad primero.
Además, en la
medida que vaya implementándose el subsistema para la calificación y
clasificación presentado más adelante, podrían irse incorporando en él algunos
resultados importantes provenientes de éste, como por ejemplo:
El nivel de participación y compromiso de cada
docente con la consecución de las metas del centro;
el nivel de consecución de las metas de
crecimiento profesional, derivadas del diagnóstico del centro;
el nivel de compromiso y colaboración con los
otros docentes para el logro de sus metas profesionales, etc.
“Resulta
especialmente adecuado integrar la evaluación de profesorado y la mejora de la
escuela en aquellos sistemas escolares en que se están utilizando modelos de
evaluación que sirven para establecer objetivos. En dichos contextos, se puede
pedir a los profesores que hagan de la mejora de la escuela parte de su
objetivo de crecimiento y, por tanto, parte del proceso de evaluación. La
mejora de la escuela proporciona otra opción a la hora de que los profesores determinen
sus objetivos de rendimiento.
Los esfuerzos del
profesorado tienden a tener una mayor influencia cuando persiguen un objetivo
tan deseado que estimule la imaginación y dé a la gente algo en lo que desee
trabajar, algo que todavía no sepa hacer, algo de lo que pueda enorgullecerse
cuando lo consiga.
Una vez
identificados los objetivos prioritarios para mejorar el grado de eficacia de
la escuela, éstos se integran en el proceso de evaluación haciendo que los
profesores desarrollen unos objetivos de rendimiento que centren su atención en
las necesidades identificadas en los objetivos prioritarios.
Tanto si los objetivos
se desarrollan individualmente como si los desarrollan en equipo, es importante
que los profesores reflexionen sobre cómo se pueden satisfacer las necesidades
de mejora de la escuela y que aportaciones personales se podría hacer a esta.
Utilizar el enfoque
basado en equipo para desarrollar unos objetivos de mejora tiene varias
ventajas. En primer lugar, fomenta la confianza y la colegialidad. En segundo
lugar, saca parte del proceso de evaluación del despacho del director y lo
traslada al lugar donde se desarrolla el trabajo. En tercer lugar, a través de
este enfoque, la evaluación de profesorado tiene un impacto más visible y
significativo sobre la mejora de la escuela que si los profesores trabajasen
solos en el desarrollo de sus objetivos de rendimiento.”[23]
3.2Evaluación para seleccionar a quienes se
incorporen a la carrera magisterial
Una
evaluación con esta finalidad, debiera hacer posible que se escoja a quienes poseen
las competencias necesarias. Hacerlo requeriría, por una parte, establecer perfiles
profesionales que no sólo definan gruesamente los rasgos que debiera poseer el
docente que se inicia en la carrera, sino que expliciten cada una de las
competencias que debiera demostrar, así como los indicadores o evidencias que
permitirían determinar si éstos están o no presentes, definiendo además niveles
de presencia. Así mismo tendría que determinarse cuál es la valoración relativa
y cuantitativa de cada uno de esos aspectos, cuáles deben estar presentes
necesariamente a un nivel específico y cuáles aunque deseables podrían no
estarlo de manera necesaria.
Los
QTS (Estándares de Calidad Docente) ingleses (1995), el Framework for Teaching
de Virginia (1996), los INTASC (Interstate New Teacher Assesment and Support Consortium
Standars), o los Estándares de Desempeño para la Formación inicial de Docentes
de Chile (Junio 2001), son ejemplos claros de ello.
Sin
embargo, creemos que tan importante como contar con dichos perfiles o estándares
sería el proceso por el cuál debieran definirse. La discusión sobre ellos no
necesita partir de cero, sino de los perfiles y estándares ya elaborados en
otros países; así como de los diagnósticos sobre los saberes reales de los
docentes peruanos, buscando priorizar aquellos más deficitarios. Intentar
recorrer todo el camino tendría, además de una desventaja temporal, el grave
riesgo de sólo mirar lo que se tiene, sin abrirse a otras perspectivas
valiosas.
En
la discusión sobre los estándares no debería realizarse a nivel central, sino
que tendría que incorporarse en él a las instituciones formadoras de docentes
(formadores y estudiantes), a docentes en servicio que podrían ser
seleccionados en diversos ámbitos por su calidad profesional y méritos
socialmente reconocidos, así como a representantes del gremio docente y profesionales
de otras disciplinas e investigadores sociales, educativos, etc.
Este
proceso instalaría socialmente el debate sobre qué debe saber y saber hacer un
buen docente, avanzándose en el empoderamiento de diversos actores, y
promovería la autorreflexión de las instituciones formadoras sobre lo que están
haciendo, desencadenando un proceso de cambio en la oferta de formación.
Además,
la precisión sobre las evidencias que permitirían determinar si está o no desarrollada
cada competencia y a qué nivel, permitiría descubrir con mayor facilidad cuáles
debieran ser los procedimientos e instrumentos de evaluación más adecuados, lo
que indudablemente enriquecería a las mismas instituciones formadoras, en tanto
les arrojaría luces sobre qué y cómo deberían ellas mismas evaluar en sus
estudiantes durante su proceso de formación.
El
proceso y los procedimientos empleados deben apuntar a recoger la mayor
cantidad de evidencias posible y en evaluar las competencias de los futuros
docentes en situaciones reales o realistas. No debe, de ninguna manera,
reducirse a un proceso de sólo evaluación de conocimientos. De los
procedimientos propuestos en el siguiente Capítulo, los más eficaces para la
evaluación desde esta finalidad serían los siguientes: Observación de clase, pruebas
de conocimientos, portafolio y coevaluación de los pares. Si esta evaluación se
realiza después de un período de práctica educativa en aula, sería importante
incorporar también la opinión de los alumnos y la de los padres.
Una
vez concordados los perfiles y estándares, así como los posibles procedimientos
e instrumentos, sería indispensable un proceso que permitiera su validación
empírica, así como la experimentación con diversos procesos de evaluación y
diversos evaluadores. Es necesario no sólo establecer correlaciones entre sus
resultados, para determinar su confiabilidad, sino, sobretodo, descubrir qué
proceso y qué evaluadores son técnicamente más adecuados y garantizan más
confianza de las instituciones, de los docentes y de la sociedad. Los resultados de esta
experimentación-validación permitiría formalizar este sistema.
Teniendo
en cuenta el tiempo que requeriría este proceso de definición de perfiles, estándares,
procedimientos y evaluadores, sin los cuales cualquier sistema de selección
sería incompleto, sesgado y nada
predictor del desempeño real de los docentes que se incorporen a la carrera
magisterial, debieran ya darse los primeros pasos porque el tiempo requerido
para instalar este subsistema, teniendo en cuenta todo el proceso descrito, no
es poco. En el mediano plazo, dos o tres años, se podría contar con un sistema
que permita cumplirla cabalmente, si es que se inician inmediatamente las acciones
en tal dirección.
3.3Evaluación
para calificar y clasificar a los docentes en un escalafón, para permitirles su
acceso a una función o para sancionar positiva o negativamente su actuación
Una
evaluación con esta finalidad tendría, más que cualquiera, un sentido
axiológico muy fuerte, porque es la que expresaría lo que la sociedad peruana
considera o no un buen docente y porque delinearía el camino de tránsito en la
carrera magisterial. Es por ello que el proceso de su diseño y definición
debiera ser más complejo y cuidadoso que el anterior.
Una
primera etapa de su construcción, el establecimiento de perfiles profesionales,
podría coincidir temporalmente con el diseño de la evaluación para la
incorporación en la carrera, en tanto que los ámbitos de evaluación y las
competencias demandadas serían las mismas, la diferencia estaría en que se
requerirían establecer mínimos de logro distintos para cada nivel de la
carrera. Determinar cuáles son los posibles cargos, funciones y
responsabilidades a que un docente podría acceder en cada nivel permitiría
establecer con precisión los mínimos de logro acreditables para cada nivel de
la carrera.
Es
muy probable que la valoración relativa que determinados aspectos tengan para
acceder a un nivel específico de la carrera no sean los mismos que para acceder
a otro. O que, algunas competencias cuya posesión podría considerarse no
indispensable al inicio o en los primeros niveles de la carrera, se considere
absolutamente indispensable en otro, por ejemplo la producción intelectual. Es
posible, aunque poco probable que en alguna región del país se considere
indispensable una competencia a un nivel de logro diferente que en otra.
También
los QTS (Estándares de Calidad Docente) ingleses (1995), el Framework for
Teaching de Virginia (1996), o los National
Board for Professional Teaching Standards norteamericanos
(http://www.nbpts.org/), pueden ser un punto de partida importante para la
construcción del complejo sistema de competencias, indicadores y niveles de
logro que se requerirían.
Dada
la importancia axiológica y el impacto que sobre los sujetos de la educación y
la sociedad entera tendría este subsistema, el proceso y los actores que
debieran participar en su diseño son aun más importantes que con relación al
subsistema anterior.
En la discusión sobre los estándares y niveles de logro,
asociados a cada nivel de la carrera, tendrían que incorporarse, de ser
posible, la mayor parte de los docentes, padres de familia, alumnos y
representantes de otras instituciones vinculadas con el quehacer educativo.
Sería indispensable promover un proceso por el cuál se vayan discutiendo y
definiendo uno a uno los elementos, desde lo que se entiende por un buen profesor,
luego las competencias específicas que debe poseer, hasta las evidencias que
debieran ser presentadas, asegurando que en cada etapa fluya la información
bidireccionalmente: se lanza un documento base de discusión, se recogen,
centralizan y sistematizan los aportes, buscando la construcción paulatina (al
nivel local, provincial, departamental) de un cuadro único en el ámbito nacional,
en el que es posible, como se dijo anteriormente, especificar algunos énfasis y
elementos que sólo tendrían valor regional, finalmente se devuelve el producto
parcial sistematizado, para poner el siguiente elemento a discusión e iniciar
un nuevo proceso.
En este proceso tendría que haber una participación orgánica
de los colectivos docentes de cada centro educativo, de las asociaciones de
padres de familia, de los estudiantes de los últimos de la primaria y la
secundaria, así como de “mesas de trabajo” constituidas por representantes de
instituciones vinculadas a la tarea educativa. Desde el nivel local, pasando
por el provincial y el departamental, tendrían que haber instancias de
centralización y sistematización de las propuestas, que serían además correas
de transmisión de la información. Este proceso tendría que acompañarse de un
proceso de difusión, discusión y debate a través de los medios de comunicación
social, de tal manera que la reflexión y la profundidad en ella se vayan
paulatinamente alcanzando en toda la población.
Es evidente que se podría saltar algunos pasos y abreviar el
recorrido, diseñando el sistema desde el MED e implementándolo sin tantas
mediaciones y dilaciones, pero no debemos olvidar que:
“Una reforma efectiva no puede imponerse por decreto de
arriba hacia abajo […] (Que si bien) la reforma requiere liderazgo [...] los
líderes deben crear consenso entre los burócratas y los empresarios, los
sindicatos y la opinión pública, los directores y los maestros, así como entre
los padres y los estudiantes. Estos participantes serán quienes en última
instancia, habrán de interpretar y aplicar las reformas. Para tener éxito la
reforma debe procurar el compromiso y la participación de los interesados. La
participación y el compromiso político son importantes fuerzas que sustentan el
éxito del cambio educacional. Por lo tanto, el “mercadeo social” y la atención
al proceso de diálogo de política y formación de consenso son importantes
componentes de los esfuerzos de reforma.”[24]
Es evidente que este proceso podría ser largo, pero que sus
efectos sobre la mejora de la calidad de la educación peruana y el
empoderamiento de todos los actores respecto a qué debe esperarse de la
educación y debe exigirse de ella y del docente se producirían y harían evidentes
mucho antes que el establecimiento definitivo del sistema mismo de evaluación.
Paralelamente al proceso de definición participativa de los
estándares y niveles de logro respecto a cada nivel de la carrera, podría
iniciarse dos procesos más técnicos y que no requieren una participación en
gran escala: la definición de los perfiles de función o cargo y la
experimentación y validación de un conjunto de procedimientos e instrumentos de
evaluación. Todos los procedimientos de evaluación que proponemos a continuación
podrían emplearse en la evaluación que persiga esta finalidad.
En el primer caso se trata de la descripción de cada función
a la que un docente podría acceder y de las competencias y los niveles de logro
que debería demostrar poseer quien quiera acceda a ella. Como la mayor parte de
esas competencias y estándares son generales y estarán siendo definidos para
cada uno de los niveles de la carrera magisterial, el énfasis estaría puesto en
la especificidad de la función. Por ejemplo, para el ejercicio de la docencia
rural, especialmente para la ejercida en una escuela unidocente en un ámbito
vernáculo hablante, serían indispensables algunas competencias específicas que
no tendrían que ser exigidas para la docencia urbana; igualmente, para ejercer
una función de bibliotecario escolar, serían necesarias algunas competencias
generales y comunes a cualquier docente, pero también algunas específicas.
En el segundo caso se trata de diseñar, experimentar y
validar procesos e instrumentos que permitan recoger suficientes evidencias
acerca de la actividad profesional del docente, como para poder justificar
racionalmente la toma de decisiones posterior. Estos procesos deben permitir el
empleo de múltiples fuentes y estrategias de recojo de datos. Entre los sistemas
más utilizados en la actualidad, tenemos: las pruebas de conocimientos, la
observación en el aula, la opinión de los padres y alumnos, los juicios valorativos
emitidos por pares, la autoevaluación y el portafolio docente. En torno a
ellos, su eficacia y los mecanismos para su empleo, que debe realizarse este
proceso de experimentación. En él tendría que irse incorporando paulatinamente
la información proveniente del subsistema de evaluación del desempeño docente
que se presenta más adelante.
Teniendo en cuenta todo lo anterior y el tiempo que
demandaría el diseño y puesta en marcha de este susbsistema de evaluación,
tampoco creemos que debiera esperarse instalar de manera inmediata este
sistema. Aunque, tal como se afirmó respecto al subsistema de evaluación para
la selección, se deberían iniciar acciones que además de hacer posible que se
cuente en el mediano plazo con él, permitirían alcanzar las tres últimas
finalidades que se planteaban en el capítulo anterior, a saber, que cada docente
vaya planteándose metas y objetivos personales de crecimiento profesional y que
vaya logrando un mayor compromiso con las metas, los objetivos y las personas
involucradas en el proceso educativo, y que se vaya consiguiendo el
empoderamiento y la responsabilización de todos los ciudadanos respecto a las
grandes metas y objetivos educativos nacionales, regionales, locales o
institucionales, y sus resultados.
Además, consideramos que en la perspectiva de ir generando
una cultura evaluativa, debiera irse ensayando procesos de evaluación de
algunos aspectos poco problemáticos y muy objetivos como asistencia y
puntualidad a la escuela asociados a la asignación de incentivos, sin
comprometer la nueva carrera magisterial en proceso de construcción.
Algo que es importante tener en cuenta es que el subsistema
de evaluación para la formulación de objetivos y metas, que se detalla a
continuación, si bien puede ser implementado relativamente más pronto y primero
que éste, podrían luego ofrecer información relevante y fácilmente incorporable
entre las fuentes de datos de la evaluación para la calificación, la sanción y
la contratación en funciones específicas.
4DESCRIPCIÓN
DE ALGUNOS PROCEDIMIENTOS E INSTRUMENTOS DE EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO DOCENTE
En la siguiente tabla, a manera de resumen, señalamos cuáles
de los procedimientos que se proponen a continuación podrían resultar de
utilidad para cada una de las finalidades de evaluación del desempeño docente
analizadas en el capítulo anterior.
FINALIDADES
Y PROCEDIMIENTOS DE EVALUACIÓN
Para la formulación de metas y objetivos
personales, institucionales, regionales o nacionales y para el diseño de estrategias
y medidas de refuerzo al crecimiento profesional de los docentes
Para seleccionar a quienes se incorporen a
la carrera magisterial
Para calificar y clasificar a los docentes
en un escalafón, para permitirles su acceso a una función o para sancionar
positiva o negativamente su actuación
Observación
de clases
Autoevaluación
Pruebas
de conocimientos
Portafolio
Opinión
de los padres
Opinión
de los alumnos
Coevaluación
Rendimiento
de los alumnos
4.1La
observación de clases
El uso de este procedimiento parte de la premisa de que
observar al docente en acción es la mejor forma de reunir información acerca de
su efectividad. Aporta evidencias muy difíciles de conseguir de otra forma como
son: el clima en el aula, la naturaleza y calidad de las interacciones
alumnos-docente, los procesos de aprendizaje conducidos por el docente y el
funcionamiento general de la clase.
Sin embargo, tiene limitaciones:
hay
muchos aspectos del desempeño docente en el aula que no son fácilmente
observables, como por ejemplo: la planificación que hace el docente de sus clases,
su valoración y modificación de los materiales didácticos que emplea, su
elección y adaptación de métodos pedagógicos, y sus relaciones de trabajo con
colegas, padres y otros miembros de la comunidad educativa;
el
número de observaciones limitado y la brevedad de su duración no permiten la
generalización;
el
peligro de que el evaluador focalice su atención guiado por sus intereses, reflejando,
consecuentemente, más sus propios puntos de vista que la realidad del aula;
la
interacción entre observador y observado introduce factores de distorsión;
la
visita misma altera el comportamiento del docente y de los alumnos, de forma
que reduce la posibilidad de que el evaluador realmente observe una situación
representativa;
Sin embargo, las entrevistas pre y postobservación pueden
proporcionar parte de la información necesaria para completar la imagen de las
competencias necesarias en todo docente. Estas pueden revelar el sentido de sus
actividades y la planificación de las mismas, así como sus razones para
conducir la clase como lo hace a un tipo determinado de alumnos.
Si se elaboran listas de cotejo de comportamientos
específicos, la observación puede resultar mucho más útil por el alto grado de
concreción que alcanzaría y por la factibilidad de su cuantificación e
interpretación cualitativa.
Existen otros instrumentos asociados a la observación de
clase como los sistemas de categorías, los informes escritos, los resúmenes y
los sistemas de clasificación.
Los instrumentos abiertos se utilizan a veces en conexión
con los juicios emitidos por el evaluador. Los informes proveen ejemplos
específicos que se pueden discutir o analizar en una reunión entre el evaluador
y el docente o en una revisión realizada por los colegas.
Por el contrario, los sistemas cerrados ponen el énfasis en
la reunión de datos y centran su atención en tipos o aspectos específicos del
comportamiento. Los sistemas cerrados incluyen sistemas de categorías y signos,
así como listas de comportamientos y escalas de clasificación. El sistema de
categorías típico contiene categorías mutuamente exclusivas y exhaustivas que
son aplicadas a los comportamientos de interés.
4.2La
autoevaluación
Este procedimiento permitiría lograr, en la evaluación del
desempeño docente, algunos objetivos importantes como estimular su capacidad de
autoanálisis y autocrítica, así como su potencial de autodesarrollo;
incrementar su nivel de profesionalidad; promover una cultura innovadora.
En términos generales, se trata de un proceso en que el
profesor efectúa juicios acerca de la adecuación y de la efectividad de su
propia actividad, con el objeto prioritario de establecer objetivos de mejora.
En la autoevaluación, el propio docente debe seleccionar,
recoger, interpretar y juzgar la información referida a su propia práctica. Es
él mismo el que establece los criterios y fija los estándares para juzgar la
adecuación de sus conocimientos, habilidades y efectividad respecto de su
actividad docente. Finalmente es también él quien decide la naturaleza de las
acciones de desarrollo personal que deberá asumir después del proceso de reflexión
sobre su actividad.
La profundidad y la calidad de la autoevaluación se verían
incrementada si el docente tiene la posibilidad de analizar información sobre
su actividad proveniente de otras fuentes como las que hemos analizado y
presentamos más adelante. La información previa ayuda a centrar la
autorrefelexión y favorece la profundidad de los propios juicios.
Algunas de las técnicas e instrumentos que se utilizan
normalmente asociados a este método:
-Retroalimentación proporcionada por cintas de
vídeo y audio.
-Hojas de autoclasificación.
-Informes elaborados por el propio profesor
-Materiales de autoestudio
-Cuestionarios a alumnos y/o padres de familia
4.3Pruebas
de conocimientos
No vamos a describir con detalle en qué consisten pero sí
señalar algunas características que debieran tener para que tengan real valor
en la evaluación del desempeño docente: deben retomar experiencias en las
cuales se ve inmerso cotidianamente el docente. Por ejemplo, plantear una serie
de preguntas para que el docente seleccione la estrategia que considere más
adecuada; valore las respuestas dadas por un estudiante a una evaluación;
decida un curso de acción ante una situación de aula; aborde una situación
problema desde su saber disciplinar entre otros.
Se recomienda utilizar preguntas de selección múltiple, con
única respuesta o con preguntas de respuesta ponderada. En estas últimas, cada
una de las opciones corresponden a una posición diferente del docente ante la
situación planteada, asignándole mayor valor a las alternativas que reflejen
características deseables en relación a los perfiles y estándares establecidos.
Existen, sin embargo competencias que de evaluarse mediante pruebas requerirían
necesariamente preguntas abiertas y de desarrollo.
4.4El
portafolio
El uso del portafolio docente se ha extendido en los últimos
años, convirtiéndose en algunos países en uno de los instrumentos más comunes,
tanto para la evaluación como para el desarrollo profesional de los docentes.
Lo han adoptado en numerosos ámbitos, incluido el universitario, demostrando su
utilidad en el reconocimiento de la actividad docente de excelencia y, en los
Estados Unidos, aun en procesos de renovación de licencias tanto en el ámbito
estatal como nacional.
El portafolio no es sino una simple colección de informaciones
acerca de la práctica docente del docente. Sus contenidos pueden ser tan
variados como fotografías de la vida de la escuela, notas escritas de los
padres dirigidas al docente, etc., pudiendo llegar a contener información no
relevante al desempeño del docente o a los planes y objetivos del centro.
Para asegurar que la información contenida tenga
significación para orientar el proceso de mejora el portafolio debería tener
las siguientes características[25]:
Estructurarse alrededor de contenidos profesionales y de los
objetivos institucionales del centro.
Contener ejemplos cuidadosamente seleccionados del trabajo
del docente y de sus alumnos, de tal manera que ilustre adecuadamente hechos o
situaciones clave de la práctica docente.
Sus contenidos deberían ir acompañados de comentarios
escritos por el mismo docente, explicando e interpretando el significado e
importancia de los mismos.
Tendría que llegar a ser una colección de experiencias
vividas que sirvieran de base para discutir con los colegas elementos de
desarrollo profesional.
Debiera contener también ejemplos que el docente considere
relevantes de la planificación de algunas clases y otros documentos elaborados
por él para el trabajo de los estudiantes.
Puede llegar a ser un valioso instrumento en la evaluación
del desempeño docente, porque además de reunir experiencias significativas y
representativas, permite apreciar la comprensión y el sentido de lo relevante
para el docente. Por ello es muy útil cuando la finalidad de la evaluación es
la orientación y mejora del desarrollo profesional del docente.
Si bien el portafolio incluye ejemplos escogidos de la
actividad profesional, que en sí mismos no constituyen necesariamente
información objeto de evaluación externa, pueden complementar e iluminar otras
informaciones que sí lo son.
4.5La
opinión de los padres
Parece obvio que una buena relación entre padres y
profesores y una comunicación efectiva entre el hogar y la escuela, tiene
consecuencias importantes en la calidad de la educación.
Potenciar la participación de los padres en los procesos de
evaluación del desempeño docente, permitiría analizar perspectivas y conocer
puntos de vista y aspectos imposibles de obtener mediante otras fuentes: acerca
de la interacción entre el docente con los alumnos y con las familia; de cómo
responde a las necesidades de los estudiantes; de la pertinencia de los retos y
trabajos que asigna a los alumnos, especialmente los que encomienda para hacer
en casa; etc.
La desventaja, sin embargo es que los padres al no ser
profesionales de la educación, pueden incluir sus propios prejuicios y
preconcepciones en el juicio que emitan respecto a los docentes. Es posible,
también que los docentes puedan sentirse acosados y mostrar rechazo a ser
evaluados por personas ajenas al centro.
Aun así, si tenemos en cuanta que la evaluación tiene como
finalidad fundamental el aportar información para desarrollar capacidades y
potenciar actitudes que puedan insertarse en los procesos de mejora de la
calidad de la educación, debemos aceptar las percepciones de los padres pueden
contribuir al desarrollo de actitudes de interrelación y mutuo conocimiento
absolutamente necesarias para producir una educación de calidad.
No debe cometerse el error de asumir que éste, o cualquiera
de los otros procedimientos propuestos, se constituya en la única fuente de
evaluación, pero sí tener en cuenta que el aporte de los padres proporciona
percepciones distintas, enriquecedoras de la visión comprensiva a la que debe
aspirarse y, sobre todo, para moldear nuevas y más positivas actitudes.
4.6La
opinión de los alumnos
Uno de los argumentos de mayor peso para justificar su
inclusión en la evaluación del desempeño docente tiene que ver con el hecho que
ellos sean los consumidores principales de los servicios educativos del
docente. Por ello se encuentran en una posición privilegiada para proporcionar
información acerca de la efectividad de la docencia. Son los únicos que tienen
información directa del tipo, naturaleza y calidad de las prácticas docentes
que se realizan en el aula.
Sin embargo, las experiencias con su empleo parece
restringirse a los estudiantes de mayor edad, aunque en el Colegio de la
Inmaculada- Jesuitas, así como en La Casa de Cartón su uso se ha extendido
desde hace algunos años hasta los primeros grados de la primaria, parece ser
que con muy buenos resultados. Es cierto que los juicios de los estudiantes tienen
que ver básicamente con los niveles de empatía y sintonía que los docentes han
logrado o no con ellos. Pero, si esto es así, debiéramos esperar sólo esa
información del empleo de este procedimiento, con la seguridad que ella es
absolutamente relevante, porque del nivel de empatía y comunicación afectiva
logrado por el docente, depende buena parte de los resultados de aprendizaje de
los estudiantes.
Que el profesor conozca las percepciones del alumno sobre su
práctica docente y su actuación personal en el aula, independientemente de su
valor formativo para alumnos y docentes, puede ser una importante plataforma de
interacción y acercamiento entre los alumnos y el docente.
Finalmente, cabe añadir que la información obtenida a partir
de la opinión de los alumnos, puede resultar muy valiosa cuando se cruza con
otras obtenidas mediante otros medios. (p.ej.: portafolio, informes de autoevaluación,
opinión de los padres, etc), sobre todo si quien tiene la posibilidad de hacer
ese cruce es el mismo docente.
4.7Coevaluación
o evaluación de los pares
Dada la naturaleza colaborativa de la enseñanza y de la
educación contemporánea, sería absurdo imaginar un proceso de evaluación que
ignorara a los pares como fuente vital para la retroalimentación de la mejora
de la calidad de la actividad docente. La evaluación por pares expresada de
forma colectiva constituye, sin duda, una fórmula extraordinaria de desarrollo
profesional y de refuerzo positivo para los docentes.
Al margen de la importancia y del valor que asignemos a la
información obtenida a partir de las opiniones de los padres y de los alumnos,
es un hecho comúnmente aceptado que la información así obtenida ofrece una
visión parcial de la docencia. Si verdaderamente queremos obtener una imagen
precisa y completa de la misma, con la intención de gestionar su mejora y
orientar las decisiones tanto personales como institucionales de una manera
inteligente y ajustada, no tenemos más remedio que introducir en el sistema
evaluativo información proveniente de los pares.
Existen experiencias muy exitosas en algunos colegios
privados de nuestro medio y en varios centros públicos, entre ellos un buen
número de centros de Fe y Alegría. Sin embargo, debemos tener cuidado en no
confundir la retroalimentación proporcionada por los pares con la evaluación
realizada por los pares. La información aportada por los pares formará parte,
como una fuente más, en el marco general de un sistema de evaluación
comprensivo de la docencia. En ningún caso deben derivarse juicios valorativos
directos desde esta información.
La información solicitada a los pares nunca debe ser juicios
valorativos personales del compañero o información subjetiva basada en la
impresión (o en el desconocimiento) respecto de su actuación, sino en
información objetivamente valorada respecto de aquellos elementos de su
actividad, que los compañeros conocen directamente y que deberán expresar de
tal manera que pueda utilizarse para su mejora. Sólo así la información de los
pares introduciría elementos sustantivos para la retroalimentación positiva del
profesor y le aportaría verdadero valor añadido.
La información que los pares aporten debe focalizarse,
fundamentalmente, en descripciones factuales respecto de la actuación docente
de la persona a evaluar. Para ello es importante invitar como proveedores de
datos únicamente a aquellos pares que tengan conocimiento directo de la
actividad del profesor a evaluar.
Una forma de incrementar la validez del estudio es
preguntar, única y exclusivamente, por cuestiones que la persona interrogada,
por su conocimiento directo, está en condiciones de contestar, evitando pedir
consideraciones de tipo valorativo. En cuanto a la fiabilidad, cabe recordar
que cuanto mayor sea la muestra de personas interrogadas mayor será la misma,
por tanto convendrá incluir suficientes sujetos en los procesos evaluativos por
pares.
Debe garantizarse la confidencialidad en todo el proceso
evaluativo, de lo contrario difícilmente se conseguirá que la información
aportada sea emitida sin restricciones de algún tipo.
4.8El
rendimiento en el aprendizaje de los alumnos
Si partimos de que el propósito directo de la enseñanza es
el aprendizaje, incluir el rendimiento de los alumnos como una fuente más en
los procesos de evaluación del profesorado parece razonable. Sin embargo, vincular directamente el
aprendizaje de los alumnos con la tarea del docente o de la escuela no es una
idea totalmente aceptada y exitosa, desde el punto de vista de las experiencias
realizadas.
Aun así y en el marco comprensivo desarrollado al analizar
la tercera de las finalidades de la evaluación del desempeño docente, se trata
no tanto de valorar la tarea del docente sobre el rendimiento absoluto de los
alumnos, sino tratar de hacerlo sobre el valor añadido aportado por él y por el
centro, en un período determinado. Ello implica, por un lado, establecer el
punto de partida del rendimiento anterior, valorando no tan sólo las ganancias
de rendimiento sino analizándolas a la luz que aporta también el potencial de
aprendizaje observado en los alumnos a lo largo del tiempo.
Lograr estos análisis comparativos, que debieran ser hechos
principalmente por los colectivos docentes de cada centro o red de centros,
supone la existencia de instrumentos confiables, construidos desde estándares
de aprendizaje preexistentes.
Otro aspecto importante es que es la imposibilidad práctica
de discriminar, sobre todo en los grados en los que hay polidocencia, cuál es
el efecto sobre el aprendizaje de los alumnos, de la práctica de un solo
docente. Lo que sí es posible es comparar los resultados muestrales o censales
de un mismo grupo de estudiantes del centro a lo largo del tiempo y desde allí
tratar de hacer inferencias sobre el impacto real que la actividad docente está
teniendo.
Por otra parte y tal como ya hemos expresado anteriormente,
la información así obtenida formará parte de ese registro acumulativo de
evidencias múltiples que ayudaría a los docentes de un centro a dibujar, con la
mayor precisión posible y con el mayor número de matices, la realidad de la
docencia ejercida en el centro educativo.
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fundamentar las decisiones que deban tomarse. Son genéricos. Expresan
posiciones respecto a la enseñanza y el aprendizaje que derivan de una
larga tradición pedagógica que se extiende desde Sócrates, incluyendo a Froebel,
Pestalozzi y Dewey, hasta Paulo Freire.Se han formulado como descripciones de formas de desempeño. Se
expresan en términos de lo que sabe y puede hacer. [...] Los estándares
de desempeño nos dotan de parámetros que aseguren una mejor preparación de los
profesores en un futuro próximo, además de constituir un paso concreto hacia
formas prácticas de evaluar el desempeño docente. “Estándares de desempeño para
la formación inicial de docentes. Ministerio de Educación de Chile. División de
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